jueves, 23 de marzo de 2017

Si ya mi canto fuera y los lectores que tañen el canto.

FRAY LUIS DE LEÓN me fascina, me resulta un poeta de una grandeza inconmensurable. Leyéndolo se aprende a leer a los otros, al sustrato lírico que subyace en el telar de sus versos. No es poco que Horacio resuene a cada estrofa ni que la Biblia vaya veteando los temas de su lírica o que la filosofía y la ciencia antigua se conjuguen en una solemne palabra retóricamente perfecta. Más allá de todo eso, fray Luis nos deja la enseñanza de la lectura; por eso es moderno, modernísimo, contemporáneo me siento de él, porque el acto de leer se renueva en un tiempo que no es el de la vida, el de los días. El tiempo de la lectura pertenece al tiempo de la literatura. 

Así las cosas, cuando uno lee, en un pasaje de un poema poco leído, dedicado a Santiago: "si ya mi canto fuera/igual a mi deseo", recupera, como del rayo, las propuestas de otros autores, ¿qué es la obra de Vázquez Montalbán, del propio Cernuda sino recesos, merodeos de esta propuesta de realidad y deseo?

Pero se me va fray Luis al paradigma de Rilke cuando escribe: "Morada de grandeza/ templo de claridad y hermosura,/ el alma [...]". El propio J.R.J. hubiera estampado su firma debajo de estos versos cristalinos. 

Trato de decir con estas notas que los géneros literarios no funcionan per se, que  los autores, los temas, los recursos estilísticos no asoman a la sociedad con el marchamo que les corresponde. Hay un hilo que traza su trayectoria, un hilván compuesto de una recatada multitud que hace posible que podamos leer a Horacio en fray Luis y a este en Rilke y a Rilke en Claudio Rodríguez: es el lector. 

Y para ser lector no basta con acercarse a los libros y tantearlos, hojearlos aquí y acullá, conocer a los autores y lo que piensan, los libros hay que vivirlos en literatura, hay que incardinarlos en el cauce mayor de la literatura para que resuenen lo que tengan de aportación eventual de su tiempo. Y el recorrido de ese trazado de qué es la literatura comienza, como todo, en el origen. Y el origen es inmenso, ancho y ajeno. 

Esa renovación en lo contemporáneo será tañida por los lectores virtuosos, por eso Cervantes, en cada prólogo, en cada inicio, apelaba al "curioso" lector que sabía de su soledad y criterio.  

lunes, 20 de marzo de 2017

F. arroja sus manos al vacío buscando la textura del mundo y rompen en Wagner

F. explora el mundo, el alrededor, el sustancioso aire que lo envuelve. Para ello lanza sus manos, su diminutos dedos, aún sin la quietud de la madurez, sus dedos alterados y ávidos de la textura del mundo. Toca mi rostro para asegurarse de que está en el lugar de inicio, en el punto en que el ovillo todavía no se ha desanudado. Toca, retoca, manotea mi cara, ríe siempre con el látigo de la conmoción para mí. 
Lo agarro y lo llevo al paisaje. Todos sus  actos son reminiscencias del origen que perdimos; y no quisiera que él dejara nunca de tener en su seno ese arenal de inocencia, ese valle prístino e insondable que nos hace estar siendo por siempre. 

Para él no existen los adverbios: nunca es siempre todavía. No existe más que el sonido gutural que ya asoma por su cuerpo de delicia. Sonidos que comunican plenamente, más que el articulado y oxidado verbo de adulto. Nos mira y nos lanza su voz de agua calma. Y vuelve a mostrar sus manos, sus manitas blancas como dulces almibarados, sus manitas de luz al viento que nos conmociona. 
Y al cabo de todo, suena Wagner, lo hacemos sonar, Parsifal. Y él enmudece y sonríe, se extraña y lloriquea, como si estuviera entendiendo el significado, el símbolo primero de esa música que jamás nosotros podremos volver a desentrañar, la música de la vida pura, de la vida cabalgante, de la vida en sí.      

lunes, 13 de marzo de 2017

El absoluto y la municia que somos.

LA VIDA penetra sobre la sintaxis del verbo y la palabra de uno se transmuta en diversidad y la diversidad de la vida dese alzarse en un verbo cambiante; el verbo, la vida, la escritura se hace más enrevesada y equidistante de lo habitual, comienzo a escribir con una extraña sensación de no responder a nada sino tan solo de brujulear con la palabra la espera de hallar un resplandor que alivie el desasosiego de lo cotidiano; se prodigan los puntos y comas y eso me desconcierta porque habitualmente me atraen las oraciones breves, los enunciados sometidos al dictado del aparte y el seguido, del punto en que parece tener finitud el pensamiento; y puede que eso sea, que el pensamiento es el que prepondera sobre la propia escritura y haga que esta vaya a trasmallo, lentamente, cojitranca, sin poder equipararse a la anchura y la horma de las ideas; las ideas siempre son sinfónicas y la palabra monódica, la lucha del absoluto con la minucia que somos, la confrontación del efímero ser con el deseo de eternidad.   

sábado, 11 de marzo de 2017

F. roza la luz del sur con su mano de alumbre

Y MIENTRAS la vida, la vida. Ante la sumas de encrucijadas me encuentro en el punto de mayor desorientación. Me pesan mucho las decisiones y las que, con el tiempo maduradas, parecían inamovibles, ahora comienzan a resquebrajares. Hablo de la vida de alcoba, del sucedáneo de la vida que roba a la vida, del trasiego diario que deshumaniza aunque pensemos que evolucionamos como nunca. 
Y luego están las certezas y las personas; las que uno tenía enaltecidas porque eran antorchas y luminarias para el curso del iter vitae, ahora son sombras y van mudando la piel y sostienen lo que nunca pensamos que fueran a mantener.  Las personas, decía, se despersonalizan o será uno que comienza una miope circunstancia hacia todo. No siempre el germen de se truque del tiempo está fuera de uno. El río profundo reside en el interno conocimiento del mundo.  
Las certezas están, pero en ocasiones, pocas veces son. La lectura es un ejercicio de certezas, también que F. haya levantado hoy su mano hacia mi rostro con un voluntarioso tembleque, con duda, como sonámbulo y a uno le haya parecido una acción mágica, de complicidad absoluta, de piel que me ha devuelto el sentido a casi todo, a esa luz en los objetos que habían ido desapareciendo en su forma. 

Y sigo leyendo como el doctor James Boswell, caninamente, como si fueran quedando pocos días o alguien hubiera avisado del fin del todo. Leo lo que me deleita, lo que considero digno de tiempo de vida. Lo demás, como decía Onetti, es silencio. 
Me urge la necesidad de narrar puramente, de comenzar a escribir una novela en el sentido recto del término; pero no puedo ejecutar el sentido recto del término porque para mí la novela de mi vida es esta que estás leyendo, estas páginas que llevan latentes casi diez años ininterrumpidos, estas páginas que han recogido los momentos estelares de una vida cualquiera como la propia. 

Y la tarde va tomando el manjar del sur: su luz alicaída de sur atlántico. Con ella, todos vamos despertando una suerte de melancólica presencia, de estarse, esencialmente hablando. Con eso basta para comprender que poco a poco va sobrando todo y que nada hay más certero, necesario y verdadero que la mano de F. rozando la mejilla mientras sonríe al mirarme y yo, mientras la vida,  lanzo desde las tripas una oración o una plegaria porque la estampa se haga perenne por siempre, para siempre. 


sábado, 4 de marzo de 2017

Sufismo de bancada y diálogos con vinos. Huizinga y Kazantzakis (Madrid III)

AHORA escribo de nuevo sobre mis días en Madrid y lo revuelvo todo en la memoria para que parezca un ejercicio de narrativa que aspira a convertirse en artefacto ficcional. 

Prosa al caer la tarde y lecturas. Me había quedado toda la noche leyendo y, claro está, escribiendo la lectura. Con el lápiz verde que me había regalado E. acudía a los párrafos y líneas y expresiones más sugerentes del libro de Vila-Matas para proseguir con su lectura en la noche. Yo mismo me pensaba un Mac y su contratiempo que tratan de escribir y repetir lo que estaba leyendo en esos momentos. 
Me asomaba a la ventana de la habitación de vez en cuando para observar la anatomía de la noche en la ciudad. Madrid, de noche, sigue viva y las luminarias que se observan a lo lejos hacen creer al que las observa que la gente encuentra en la noche un aire de libertad, de transgresión, de abstrusa melancolía por ser quienes son o por lo que ellos creen que desean ser. 

Antes, por la tarde, tras la presentación del libro, estuve tomando vinos con J.R.R. y J. A J. no lo conocía de nada; es un señor de setenta años, inteligente, perspicaz, que me preguntó, antes que nada, por qué San Juan de la Cruz. Al calor de mis respuestas, J. prosiguió con una sarta de elocuentes referencias al mundo sufí y a la mística sufí. Las estuve anotando con sumo cuidado y pude completar en el cuaderno amarillo una recopilación de títulos que ya he empezado a leer. 

El texto en el que nos centramos fui la Subida al Monte Carmelo. Lo conocía de memoria J., lo susurraba a cada paso y cada sorbo del vino blanco que habíamos pedido con el queso majorero.  La conversación iba desde la obra de Kazantzakis hasta la de fray Luis de León pasando por la poesía de estos años hasta desembocar en la obra de Mathias Enard, Brújula
Entre tanto, risas, complicidades, menciones de versos, pasajes de obras, referencias a sucesos vitales más o menos azarosos. El vino iba trazando las pautas y pasamos a un vino más propicio a la declaración. De la poesía falsaria de estos momentos se dijo algo, de pasada, también de la falta de lectores que estaban en las editoriales y que eran, en gran medida, los que filtraban a los editores lo que debían publicar. No faltó la ponderada estampa de Fernando Quiñones y los avatares de lo que supone escribir poesía en estos tiempos y no pertenecer a batallón, capilla, hermandad o cenáculo alguno. J. siempre ponía el desenlace a todas las conversaciones con una sugerente y amable reflexión. 

Decía al comienzo que escribía de nuevo sobre los días en Madrid y lo realizo mientras voy en el tren y el vagón, al completo, está pendiente de una nefasta película de acción. Agarro de nuevo el libro de Vila-Matas y comienzo lo que el narrador denomina "juego humano". Esa expresión me recuerda al magnífico libro de Huizinga, Homo ludens, y en esas me quedo, tratando de jugar, disfrutar, divertirme con todo esto de la literatura y sus circunstancias.

jueves, 2 de marzo de 2017

Al vuelo de la edad y más allá de nosotros mismos. Madrid (II)

Como decía, compré Mac y su contratiempo de Vila-Matas en Moyano a precio de saldo. El volumen estaba inmaculado. El primer párrafo ya me puso en la órbita de que esta obra volvía a mostrarme al autor socarrón, inteligente, que era capaz de escribir como yo nunca lograré. 
El caso es que mientras almorzaba comencé a leer el libro; pude leer un buen tranco del comienzo hasta que decidí tomar café en el Museo del Prado y hacer las míticas tres horas de Eugenio d´Ors.
Con la libreta amarilla en la mano, que lleva por título "Amarillo fulgor", comencé a contemplar solo algunos cuadros de ciertas salas. Velázquez, siempre y la pintura italiana. El Bosco y Goya.  Con poco tiempo, pero con intensa mirada, mirada despojada de convenciones, de prejuicios, trataba que fuera la mirada mi hijo F. o la más pizpireta de mi hija E. ¡Cuánto me enseñan ellos sobre la vida! Con mis hijos cerca estoy empezando de nuevo en todo, incluido en la literatura. Parece que ellos me han traído, renovado, el vuelo de la edad y eso me sobrecoge. 

Vuelvo a la caminata para regresar al hotel mientras sigo leyendo, en pie, casi absorto, las páginas del libro. Por unos instantes, me imagino que alguien está narrando ese mismo suceso, el hecho de que un lector lea la obra de Vila-Matas por Madrid mientras está esperando a que comience un acto literario. En ese momento, sonó el teléfono: era J.R., algo exultante, instándome a que establezcamos un lugar de encuentro para empezar a charlar.  

El músico y poeta me regala un texto, unas variaciones, que me toca desvirgar en su edición intonsa.   Es muy breve pero luminoso. leo los dos primeros textos y entiendo porque estábamos allí, los dos, al calor de la palabra tratando de encontrarnos más allá de nosotros mismos.    





miércoles, 1 de marzo de 2017

Toda estación tiene su viajero infinito. I (Madrid)

TODA estación tiene su viajero infinito, escribía en el cuaderno Amarillo fulgor, mientras esperaba el tren que me llevara a Madrid.  Esa noche había dormido poco, como de costumbre últimamente. 
Al cabo de unos minutos, el andén comenzó a poblarse con el personal más variopinto. 
Como es costumbre, arrojo mi atención a escuchar los diálogos ajenos, a entrometerme en las conversaciones para tratare de captar lo que Balzac llamaba la comedia humana. 

Todavía en el vagón, sentía el leve bullicio que la babilonia anterior había dejado en mi memoria. las palabras del padre a la hija advirtiéndole de que la vida era una sola llamada y una entrega; los músicos tarareando la siguiente actuación después de una noche de concierto; el señor que se disponía a echar la peonada con su nevera; el abogado que mantenía con mirada nerviosa y serpenteante su incertidumbre... me había trastocado demasiado como para dejarlas pertrechadas en el olvido. Por unos momentos, quise convertirme en ese viajero infinito que no es nadie, como Uises, que sucede en la transparencia de todo sin ser nada. 

A la llegada a Madrid el cielo, raso y turneriano, me acogió con su indudable manto de extrañeza. una extrañeza que me estimula cada vez que vuelvo a sus calles. 

Lo primero de todo, Cuesta de Moyano. Allí pude leer Cántico de Jorge Guillén en primera edición así como una primera edición, exquisita y deliciosa, de los cuentos de García Márquez. Uslar Pietri, Ortega, Galdós y alguno por añadidura pudo uno leerlos en las ediciones príncipes como si se la maquinaria del tiempo se hubiera detenido. Entre tanto y tanto, se me fue el santo al cielo y tuve que correr para poder tomarme algo en la Plaza de Santa Ana mine tras comenzaba a leer mac y su contratiempo de Vila-Matas. Porque, como le sucede a Mac,  pienso que soy un plagiario, un repetidor de textos leídos que se lleva a la vida, a sus días, el eco del espejo den que se sueña.