viernes, 25 de agosto de 2017

Agrafía y traición; si hay amor habrá encuentro.

YA de madrugada, cuando aún estoy revisando la edición del próximo libro, todo comienza a adquirir una quietud y una parsimonia que se apoderan de mí y me detienen en el proceso de escritura. Puede decirse que fue como si la agrafía misma se hubiera asomado a la noche, junto a mí, para mostrarme sus secretos. 

Estaba en ese momento culminando la corrección del libro con una paciencia flamenca, casi de orfebrería. Palabra a palabra, enunciado a enunciado, nunca antes había tenido este precisión cuando un puñado de palabras y textos irán a la estampa y a la sociedad y dejarán de ser lo que pensaba que eran. Pero sobrevino esa consciencia de fatalidad, de ausencia en uno mismo. Era como si uno mismo dejara de ser ya personaje y trama de su vida, como si alguien hubiera decidido que no se vivía más que con el cuerpo solitario, con la carne latente, pero sin la consciencia de estar en el mundo.

Esa misma tarde habíamos hablado con los amigos sobre la alta traición y, en esa conversación, había manifestado cómo prefiero la cuchillada directa en el costado, la cuchillada de sangre a la espalda, la cuchillada de César en la desesperanza de una escalinata que la silenciosa y baja traición de susurro. Los compañeros se reían y defendían que la de cuchillo duele más y que la otra, en ocasiones, no llega a nuestros oídos. En efecto, me sobrevino, como una cuchillada, la paz interna que me dictaba dejar de escribir absolutamente, ocupar la mudez y leer.

Decían los amigos que la historia de la traición y de las cuchilladas fascinaba a Borges y que muchos relatos están sustentados en esa dicotomía de la dignidad, tanto del que traiciona como del que es traicionado. ¿Qué haces si adviertes la traición, cómo reaccionas, traicionando?", me decían. Yo seguía defendiendo la traición a cuchillo y decía que hay asuntos que el hombre, a la postre, soluciona con los puños, como un boxeador, con los puños de la consciencia, de mantenerse en su actitud y en su criterio, de mostrar que, aun a riesgo de estar equivocado, era verdadera su postura.


F. M. me decía que la impostura es una maldad del siglo XXI y que la mayoría de individuos, tanto en el trabajo como en su ocio, se entregaban en cuerpo y alma al mejor postor, sin importarles lo que habían dicho de ellos, ahora sus reyes admirados, ni de aquellos. Le decía a F.M. mientras miraba a J. , que había comprobado demasiadas veces cómo alguien degradaba a otro individuo cuando ahora corre a sus brazos, que había atestiguado cómo se manifiesta una postura ética cuando ahora se hace justamente lo contrario. "¿Dónde está la integridad, la consciencia, la llamada ética del ser de uno?", le decía yo a los compañeros. J., con seriedad, afirmaba, "quizás eso que dices sea una causa de la falta de literatura en estos tiempos", hay que ser "nadie" para poder decir algo singular, espeté de pronto.

"Importa solo la falsa sensación de estar ensanchando la vanidad. ¿Cuántas veces alguien no ha dicho de X que es un farsante, un lelo, un impuro, un patán y, pasado el tiempo, se ha convertido en su amigo, compañero, dador de vanidad?", me impelía V. con estas sentencias encerradas en preguntas. Y, cómo no, llevado todo esto al campo artístico, al literario, la cuestión se dispara. 

Tras el silencio que todos defendimos en ese punto, F.M. dijo, con la voz queda, "¿qué difiere publicar un libro en una editorial a publicártelo tú mismo? ¿Para qué publicar en tiempos de penuria? ¿Si nos dan una sala para realizar una exposición de pinturas qué diferencia habría con la de exponer en una galería de arte? ¿La cantidad de individuos que lo leerán, los que irán a ver tus pinturas? ¿Es ese número el que otorga verdad a la obra, calidad estética a lo creado?" y seguía, como si fuera un rosario de reflexiones encadenadas, "cada cual que mantenga su consciencia limpia e inmaculada cuando habla de literatura, escriba o lea, pero sobre todo cuando escribe y además lo lleva a la sociedad".


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El tiempo de lo venidero no me deja recordarte.

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La música es el único y diáfano algoritmo del alma que lo concilia con el cosmos.

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Porque no puedas ver en tu espíritu la unidad no pienses que no existe ni la unidad ni el espíritu.

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Están los que dicen y enjuician y los que callan y alumbran sin más. De los segundos trato de ser acólito, cada vez hay más siniestros.

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El poeta no depende del juicio de sus contemporáneos pues la poesía no es contemporánea a ninguna vida de ningún hombre.

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Perdí la mirada que ahora tiene mi hijo pero trato de advertir en la suya la memoria que fui. F. me reconstituye y me devuelve al origen.

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La duda de Bergson, la confusión de San Juan, la paradoja de Parménides, pero siempre el corazón cristalino y diáfano a quien uno admire.

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Todos los hombres valen como hombres, todos guardan la virtud de la pluralidad y en ella refulge nuestra condición. La danza de la realidad.

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La pureza de los actos se agranda si se corresponde con la virtud de las palabras que la preceden.

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En «Confesión» Tolstói dice que la vanidad es la señal del ser derruido: entregado a sí, que cree tener la verdad, sin amigos de luz.

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La lámpara del cuerpo es el ojo, decía San Mateo, por eso hay que mirar con la límpida humildad del que desea la verdad y el amor.

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El juicio al ser querido no puede estar sujeto a la apariencia, ni al leve reflejo de lo que ven los ojos. Si hay amor habrá encuentro.

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Tolstói, en "Confesión", cuatro formas de estar en la vida: la ignorancia, el epicureísmo, la fuerza, la debilidad.Conversión a lo plural

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Busca el origen en el lenguaje de lo invisible, que ya no es lenguaje sino aritmética azul y sentencia del tiempo.

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Como decía Hölderlin y recuperó Heidegger más tarde: "¿Para qué poetas en tiempos de penuria?". Porque estos tiempos son de penuria.

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El silencio acontece cuando la voz prístina de nuestro ser se funde en el acontecido morir hasta el infinito.