domingo, 3 de julio de 2016

EL VERANO es la luz dilatada desde la infancia, la niñez misma. Los objetos adquieren una incandescencia impropia. Todo resulta colmado de estridencia: los cuerpos, las calles, las palabras. 
Sin embargo, aquí en el sur, la infancia, mi infancia, es la luz dilatad del verano. Pareciera que el tiempo caracoleara alrededor de un bucle inmenso, de un laberinto que va deshaciendo los pasos perdidos. Es ahora cuando admiro, con melancolía, aquellos años de arenas, de miradas al océano, al Coto de Doñana como si fueran espejos de sueños infinitos. 
Quizás todavía sigo allí, en la inmensidad del paraje, en solitario, contando los barcos que atraviesan el río o mencionando por grises que el cielo configura solo allí, en el lugar de las apariciones de la memoria. 

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Platón descifró en los diáfano de la palabra qué es la literatura: " el encuentro entre la inmediatez y la trascendencia en lo estético". Por este motivo, ese encuentro supone un razonamiento luminoso, un razonamiento sobre el Logos y la palabra misma, sobre el origen del ser.

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Afirma mi admirado George Steiner que toda tesis que sitúe, de manera teórica o práctica, la literatura y las artes más allá del bien y del mal es espuria. 
Estas palabras están concertando la forma estética del ser del poeta. Keats identificó la verdad con la Belleza y al revés; Kant quiso discernir entre la verdad de la obra artística y el razonamiento perentorio de la realidad misma. Sea cual sea la posición, la obra literaria y la obra artística auténtica, verdadera, es la que cuestiona las hondas intimidades del ser, del individuo, de la existencia. 

La obra misma es la realidad misma, la obra no se lee, no se contempla, no se escucha, se vive