jueves, 8 de mayo de 2014

¿SE atrevería un incipiente estudiante de música a componer sin nociones de composición? Para ello, tal Adrian Leverkhün, no bastan las buenas ideas, las magníficas pretensiones o los insondables deseos; ni haber leído mucho sobre músicos y teoría musical, ni siquiera haber escuchado, a lo largo de una vida, las obras inconmensurables de la música (toda aquella digna de ser añadida a este membrete); tampoco la supuesta sensibilidad y la grácil vanagloria. Cualquier músico honorable, cuando comienza a desmenuzar una partitura con el movimiento de sus pupilas, sabe si con ella y en ella habrá música en acción o no. La gran abstracción significativa depende de la técnica compositiva. Para los genios, una manera simple de razonar la música hasta su momento; para la mayoría, los únicos resortes con que poder crear.  

Lo mismo sucede con la poesía y con las demás artes. La experiencia lectora es la única que otorga un baremo y una sopesada mirada sobre el texto literario. Leer es realmente lo que hace la literatura, la acción que convierte la literatura en lo que es. Si hubiera toda una biblioteca repleta de libros pero sin lectores, ¿existiría esa literatura? ¿sería posible que los escritores sucesivos pudieran escribir? No es necesario conocer todo cuanto se ha escrito, eso es una falacia, tan solo y al menos las cimas de la expresión poética de los temas esenciales. Se confunden en estos tiempos la expresión con la creación, la frugal palabra con la permanencia, el escaparate con la soledad. 




El encuentro con la belleza, la gran belleza, conlleva tiempos de parálisis, pues el murmullo de la transparencia toma de golpe una forma armónica que supera toda articulación y raciocinio.