martes, 21 de agosto de 2012

“Saber quién somos no es cosa nuestra, que lo que pensamos y sentimos es siempre una traducción, que lo que queremos no lo hemos querido”.

Estas palabras pertenecen al Libro del desasosiego, de Pessoa. Con su lectura, la tarde ha conciliado a Pessoa con Platón; y ha querido también que Steiner estuviera de invitado. Esa deseosa voluntad de querer saber es cierto que se encuentra identificada al comienzo de la Metafísica, de Aristóteles, como el rasgo humano por excelencia, pero Pessoa está sugiriendo algo más concreto. Habla del alma, del desvelo del alma ante los ojos cegatos de los humanos.

 Líneas después, apunta Pessoa a la vivencia anónima de la vida, en sus palabras:


“vivimos todos lejanos y anónimos”


La vida es entonces una ensoñación, un cabalgar en un hipogrifo violento, desmesurado. El anonimato es una valiosa actuación de la consciencia más plena; solo los que en algún momento dejan de ser para ser plenos, poseen en la memoria momentos, reflejos, reminiscencias de lo que hubo sido. Nada de certezas rotundas, solo un pasaje luminoso de celestes y auroras.

El propio Pessoa evidencia esta fe que posee del creador, sobre todo, del poeta. El poeta es, es cierto, un alabastro, pero que ha deseado ofrecerse al viento. El poeta llegará a entender, si es puro de cepa, que únicamente en el deseo habitaba su virtud. Si su palabra fue, igualmente, virtuosa, es un prodigio; pero lo propio y, al mismo tiempo, extraordinario, es la voluntad de creer fielmente en la palabra poética. Pessoa nos lleva a los griegos (¿qué autor valioso no lo hace en cualquier disciplina?), claro está, a su concepto de aletheía, tan trascendental para Heidegger y la vuelta a la pureza. Escribe Pessoa:


“A  unos, sin embargo, esta distancia entre un ser y él mismo nunca se les revela; para otros es de vez en cuando iluminada, de horror o de angustia, por un relámpago sin límites”.