miércoles, 31 de agosto de 2011

CANTA, mi corazón, los jardines que tú no conoces, los vastos bronces de la aurora forjada en el emblema de luz y de silencio. Recita el ungüento fijado en tu cuerpo de encierro, recupera los odres de tu noche asolada. Retén, retén la maleza que embrida la sed y la huida. Hazte en el magma canto irradiante de lo que nunca habitaste.
Valemos como lo que somos al margen de lo perenne y solo en lo interno resucita lo bello, porque Orfeo descendió a la resurrección de la belleza, quiso traerla de nuevo a la luz de los mortales sin memorizar sus pisadas, sin fijar la llama desdoblada y fulgurante de su tiempo.
Así, destrozados por las ménades, resistimos el fulgor del tiempo en nuestras carnes, la tirante sentencia en nuestras carnes, la sumaria mortalidad en nuestras carnes.Somos aliento de Orfeo que pervive en la respiración que indagará donde nunca fuimos antes. Canta, mi corazón, los jardines que edifican la callada cumbre raíz del origen que no puede olvidarse. Trae tu canto aromas de nenúfar, trae la lira angosta del ancho cielo. Albos espacios mustian la contemplación. También entre las ondas fuego enciendes.

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EL ÚLTIMO libro que compré en Madrid fue un volumen de Azorín titulado Los dos luises y otros ensayos, editado por Rafael Caro Raggio, en Madrid, en 1921. Se lo compré a un chamarilero del Rastro justo cuando estaba colocando una caja de frutas en una esquina repleta de pájaros.
El libro recoge dos ensayos, uno sobre fray Luis de Granada y otro dedicado a fray Luis de León. Son curiosas las palabras que principian el libro, pues deja aclarado Azorín la intención última de su escritura: “En estas páginas he reunido algunas notas de lector. Leo por placer, y no por enterarme de las cosas, no por atesorar erudición. Solo por este planteamiento, tan cercano a eso que denomino escribir la lectura, compré el libro sin más miramientos.
A poco que uno prosiga con la lectura, se encuentra con esas perlas que, en la sintaxis limpia y bien trabada de Azorín, es costumbre que el autor deje: “El reino del mundo está en el espíritu”.
El apartado dedicado a otros ensayos es una suerte de miscelánea que ofrece las impresiones del propio Azorín sobre Garcilaso (“exquisita y rara conciliación de la realidad y el arte”), Góngora (“el juego de la luz sobre los bellos muebles, la argentería brillante, las gradaciones de la luz,…todo eso es Góngora”), Calderón (“En él llega la lengua castellana a su máximo grado de rotundidad y brillantez”), Cervantes (“guardamos en el espíritu un voltear ligero y grato, sin finalidad ninguna, inconsciente, sobre los mares azules, por entre unas islas encantadas”) y Ercilla (“pintura de batallas, de los encuentros, de los singulares rieptos que españoles y araucanos tienen”). Lo cierra un epílogo que comienza: “He leído por placer”; para concluir con unas líneas divagatorias que acercan al escritor a un idealismo puro: “El espíritu está sobre la materia, mueve el mundo. Lo imperecedero es la poesía, es la especulación desinteresada y pura, es la abnegación y el sacrificio, es la niebla sutil e impalpable de la Idealidad”.

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LA POESÍA tendría que apuntar hacia esa dimensión que Homero dejó establecida: el héroe no es instrumento de un dios. Por tanto, debiera profundizar ésta, como lo hizo Hölderlin, Rilke o JRJ, en el tema del destino, de la arquitectura del cosmos, y debería hacerlo sin dogmatismos, solo estableciendo una conexión con las ínsulas extrañas y las sílabas prendidas de la conciencia de la mortalidad.
El poema no puede ofrecer una desgarradura en su sustancia, pues es el territorio en que la discordia solo puede permanecer latente. El discurso poético no es solo de este mundo, sus referentes atisban lo que no puede entenderse. Es por ello por lo que la poesía es ingobernable para los que quieren controlarla con instrumentos extrapoéticos y es por ello, igualmente, que, cuando un bardo moderno es comisario de lo no poético, su obra se destruye en las aguas de la evidencia.

martes, 30 de agosto de 2011

PARTIENDO de la luz donde solía venir su luz, un estado ciego y de trascendente calma templaba la música del estarse de la tarde. Enfrente de la arena, enfrente del río abocado a la inmensidad del océano, te desprendes, Betis, en la multitud de lenguas engreídas que te dictan. Tu curso es mi curso, pues son meandros los pasos del caminante, tu curso es en sí mi curso y contigo voy cursando los albores del mar abierto. Rozas el friso de eólicas cariátides con tu tacto de verdura y miembros tristes. Eres caballero sin sol y tus hechuras destacan la tierra abierta de los cerros antiguos. Crepita en tu silencio la aurora en la marisma, los pájaros orillan tus incipientes sílabas. Trazas, sobre la geografía del valle de occidente, un nuevo discurso mensaje del tetrarca. Luces, miasmas, vuelos altivos de la noche en tu serpenteo, irradias el reflejo de los músicos ciegos, levantas transparente el dulce meditar del crepúsculo habitado. Ya están vivíficos los salmos del talmud que memorizo.

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ES, pues, una características del diario. Cabe todo y nada, puede dejar uno solo la fecha del día en que pretendió escribir para que el receptor tome esa elipsis inmensa como un acto comunicativo y estético.

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31 de agosto de 2011

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ES TAL su naturaleza proteica que a continuación el escritor puede ensayar con un poema o con un fragmento dramático en el monólogo del diario. Cabe destacar la capacidad micronarrativa, -ahora que están todos obsesionados con los microrrelatos-. E, incluso, el escritor puede permitirse romper el decoro y el ornato a la medida de su antojo. En un punto, se rompen y se crean todas las normas de lo literario. Aparece el prosaísmo y sin duda la prosa esbelta y densa, un pensamiento recogido en la calle junto a las páginas de Platón, el más grande de los hombres que han vivido. Un diario puede mantener la misma tensión narrativa que cualquiera de las mejores novelas escritas y, al mismo tiempo, conjugar las reflexiones respiradas de la noche. Se alternan la tercera, la segunda y la primera persona en la escritura incluidos los plurales y no ocurre extrañamiento en el lector por ello. Un día puede uno pensar de una manera y al día siguiente refutarlo todo; pueden inventarse el vuelo de los pájaros que jamás vimos. Incluso hay quien registra sus deméritos y actuaciones histriónicas a las claras del diario.

Esta sinfónica creación, -que no es nueva ni pretende serlo-, tiene la costumbre, además, de poner al escritor en una encrucijada a diario, en un jardín de senderos que se bifurcan. Ni un solo día quedo satisfecho con la opción escogida y eso provoca la indagación, la vuelta a atrás, la relectura, el nuevo planteamiento de lo viejo, el dirigirse a la deriva sin más ni más. Además, oh maravilla, el escritor de diarios sabe de antemano que jamás tendrá la necesidad de darle a un público masivo lo que pide o solicita pues, el diario es, junto a la poesía el género puro de la prosa; es el lugar en que, si la prosa es potente y poderosa, no necesita ningún artificio más que el discurrir de su música. En cualquier caso, una metamorfosis continua y solmene que se ejercita dentro de cada uno y que extrae, con la envoltura de la sinceridad, las palabras más ajustadas para decir lo humano que nos recorre, lo humano que nos define.

DEBERÍA uno dedicarse a la labranza y al huerto y quedar callado como esos campos de hortalizas que solo nombran el fruto maduro y necesario, el que vive y otorga vida. Unir unos buenos aperos del campo y someterme todas las mañanas a la crecida de los frutos. Ahí podría medir quién soy rotundamente y podría expulsar todo lo nefasto de la vida moderna: las obsesiones, lo histriónico de estos tiempos ungidos con lo vacuo. Me falta la templanza del trigo y la solemne erupción de la vid. En esos campos, durante la vendimia, por ejemplo, tendría la posibilidad de acariciar los sarmientos como si fueran himnos sustraídos de la noche.

Creo que sería algo fabuloso, sí, alejado de todo escarnio social y que sería un compromiso personal como ningún otro. El más íntimo y profundo decidido nunca. Acompañado por el frío de la madrugada, arropado solo por la lengua de las lomas, iría al encuentro de la tierra para extraerle el fruto. Con paciencia, con la paciencia perdida de lo contemporáneo, iría sometiendo la siembra y la labranza a sus tiempos más ajustados. Lentamente, con la cadencia del sol entre las eras, escuchando la voz de los muertos y los antiguos labradores que cantan, como ahora recita su letanía la tarde. En esas incursiones agrícolas, podría uno recitar, de vez en cuando, los versos de Virgilio o leer en voz alta pasajes en latín de Cornelio Nepote o reivindicar la supremacía de la luz sobre todos los infinitos que auspicia Leopardi en su poesía. Todo este delirio repentino responde a un malestar que asoma todos los veranos después de la paz contemplada.

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SI alguien me ofreciera un don, le pediría el saber del silencio. Porque en él se encierran todos los actos que, cuando no se realizan, dictan la figura del hombre.

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A LA TAREA diaria de escribir y de leer suma uno otros menesteres. Asuntos del trabajo y otras cuestiones que se cruzan cuando nadie las espera. No he aprendido todavía la lentitud de las encinas para incorporarlo a mi vida. Si existe algo que me turbe es el compromiso personal, ya que, es, en ese estadio de la vida, en donde selecciona uno sus prioridades. Y siempre he creído, y así actúo, en que la dignidad se derrama en esos compromisos secundarios. Me aterra fallar, no quedar en la perspectiva creada. Me aterra tanto como si todo se redujera a una letra, a la letra T., por ejemplo.

Como filólogo, me apasiona todo lo que se vincula con la disciplina, hasta el punto que quiero realizar estudios de doctorado sobre algunos de los poetas del Siglo de Oro que persigo por archivos y bibliotecas. Cuando este arrebato se templa, asoma la manía de escribir. ¿O es al revés, primero la manía y después la pasión? Es cuando todos los deseos se vuelcan a la escritura de la poesía o de las anotaciones en un diario. Existe otra dimensión: es la lectura. Todo me parece que debiera subordinarse a ella, establecerse siempre y cuando rindamos cuenta diaria de las horas de lectura que hemos desarrollado. Leer, escribir, desarrollar el espíritu en la palabra contemplada. No es este el orden pertinente que defiendo, porque quizás, a estas alturas de la vida, no tengo la claridad necesaria para ello. El día que la encuentre y lo vea todo más claro, decidiré sin remiendos. Hasta entonces, la vida seguirá incursionándose por los compases solemnes del estudio, la proteica sustancia de la lectura y por esta, cada vez más triste y desustanciada, escritura de diario cuyo sujeto se diluye una y otra vez, una y otra vez.

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EL PASADO reaparece al fin de cada ciclo porque nunca fue, es. Constante e inevitable, se degrada en el devenir del tiempo. Es como el sueño de un dios: el hombre se despierta Es una discordia latente. Como la poesía, es una totalidad irreemplazable, viviente, verdadera traducción que recrea en sí misma con elementos finitos.

Hay un cambio sustancial entre el poeta que funda y perpetúa lo que funda y el panfletario. Mientras el primero media entre la sociedad y su ser, el segundo propaga en la masa, como decía Octavio Paz, “las concepciones de su jerarca”.

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ACLARA el Diccionario de Autoridades, -acaso el diccionario que más disfrute otorga-, que histriónico es “lo que toca y pertenece al histrión”. Y, por ende, histrión es “el que representa disfrazado en las comedias o tragedias”, ¿qué es sino la otredad que asoma en el escenario sino los desmanes que hacemos inconscientemente, como si fuéramos histriónicos que representan la tragedia cómica de nuestra vida? Cuánto ridículo actúo cuando me roban el guión.

domingo, 28 de agosto de 2011

LOS textos anteriores surgieron como una donación a la lengua lo cual es tan ridículo escribirlo ahora, con estas afirmaciones. La lengua en sí, laminada por su propio referente. Un juego como homo lundens, necesario, que surgieron tras dos días de lectura gongorina. De vez en cuando, debe uno entregarse a convicciones no amadas y explorar en ellas, escarbar para confirmar lo que hasta entonces era, probablemente, prejuicio establecido. Mucho se ha escrito sobre la literatura en la que los referentes se adelgazan para convertirse a la inmensidad de los discursos en sí, de naturaleza entera verbal. Adelgazan no, quizás se disimilan de su entronque con la realidad y solo responden a un impulso verbal que lo invade todo, sobre todo la forma de la sustancia fónica y sintáctica formadas, parafraseando a los lingüistas.

Hay obras que proponen lo que Huidobro llamó non serviam y otras que son la naturaleza misma de la realidad. Prefiero, en estos momentos, ese tipo de obra que no se levanta contra nada ni contra nadie, sino que brota natural del triángulo lengua, realidad y autor y que armonía y que sustituye el decir oculto del hombre y las palabras moribundas de lo mortal.


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QUISE, POR UNOS DÍAS, ALEJARME DE ESTE EGOTISMO INTENSO QUE RECUBRE LA PIEL DEL DIARIO Y QUE PIENSA, ILUSO, QUE SU PALABRA DEBERÍA ESCRIBIRSE CON MAYÚSCULAS.

sábado, 27 de agosto de 2011

LA RAMA tierna de la aurora descansa libremente en tu livieza. Escondes en tus claros matines la rojez insulsa de lo vivo. Estallas por de dentro e hieres la retina del sol. De los más claros rostros son tus pétalos asidos de inocencia. Naces en la mañana y tu vida se interrumpe con los giros del aire, con los pasos del aire que descorchan tus pétalos, melodías silvestres de lo bello cercenado. Rosa de luz, de aire trasnochado. Rosa del huerto derruido de los hombres. Quién será el que pose en tus espinas la onda encendida de la soledad. En ti se edifican los deseos, en ti se anuncian vivos los círculos de esmeraldas finas, tú eres la estación del rayo veloz que acomete lo caduco. Mejillas, plata colorida de tacto tiempo, sinuosidad eres contemplada en la herrumbre del sol entre los cielos. Aquí te tengo poseída de tactos, aquí mis manos lenguas salvajes de miedo, aquí el ser entregado al vivo desierto del deseo hallado. Paraíso retirado que brota de la tierra, contienes el mundo en tu metáfora, nos habitas por siempre al son propicio de los ojos viejos.

viernes, 26 de agosto de 2011

PURA, encendida rosa, émula de llama lacerante, cuánto de ti sé mar de ajenas orillas, cuánto habitas en mi memoria sin ser descifrado. Has dictado la guerra en la belleza y en tu infinitud doran los aires origen y música. Sofocante mar, neptuniano figurador de naufragios, abrasante llaga encimada y corona exacta de los llantos de Apolo. En ti la contemplación supura el eco de los héroes, en ti la mirada es espécula lámina de borbollantes algas. Mar, eres rosa, llama, guerra sin fin, origen y música, figurador de naufragios, eco y lámina de la transparencia. Mar eres centro y límite, retorno hambriento y desdicha, eres fundición del cosmos en la noche, respiración de la noche, branquias de la noche, luminaria secuencia de la huida del sol, de los sauces que postran y encorvan sus anchos cuerpos, sus brazos lenguas derramadas.

AYER, por la tarde, con los calmos del levante, asistí a una magnífica conferencia en los jardines del Palacio de Medina Sidonia, en Sanlúcar. El catedrático Félix Piñero, presentado ni más ni menos que por Juan Gil, disertó con maestría sobre unas investigaciones que lo están llevando inequívocamente a situar las Soledades, de Góngora, en la geografía sanluqueña.

En cuanto llegamos a casa, no pudimos resistir la tentación y leímos, al completo y en voz alta, la primera y la segunda soledad, de Góngora, teniendo en cuenta todo lo que había apuntado el profesor de turno. Fue uno de esos días en que la filología corona la existencia, en que uno se siente recorrido por una disciplina mágica y que desbroza, al cabo de tantos siglos, los textos con la lectura atenta sobre ellos.

Después de ir anotando la cantidad de alusiones encriptadas que realiza Góngora en relación a la música, en concreto, a la armonía que desprende la contemplación de la naturaleza, recordé los versos de fray Luis, -qué paradoja-, acaso soportes verbales distintos de la misma sustancia: “Quien mira el gran concierto/ de aquestos resplandores eternales/ su movimiento cierto […]”, hasta que los versos continúan apuntando a la búsqueda de una luz pura que está en el reino de lo íntimo. Cuánto hubiera disfrutado un gnóstico con los pasajes solemnes y cadenciosos de fray Luis de León y con el verbo rapaz y laminado de Góngora.

El peregrinaje del náufrago, el recorrido simbólico de la soledad y el apego a la naturaleza, la aprehensión de la realidad como un eterno crisol de armonías que conducen a su trascendencia, la palabra antigua, el verso esculpido con la saliva del intelecto, un ilusorio pasaje del que ya tengo el recuerdo...

miércoles, 24 de agosto de 2011

PODRÍA uno inventarse sus orígenes literarios para que cuando dejemos de escribir podamos decir lo que Néstor Almendros: “Se me acabó la épica”. Este aserto es tan irónico y a la vez tan literario, que puede utilizarlo cualquier escritor al que le ha llegado el síndrome bartleby. La recuerda Vila-Matas en el prólogo de En un lugar solitario, publicado recientemente. Desde que la leí, me ha parecido una manifestación perfecta para su asunto. La épica de lo cotidiano a la que se le acaba el carrete era la misma que detonaba la imaginación de los orígenes. Lo épico es origen y por eso necesita enturbiarlo, para que nunca nadie lo descifre. Para ello se sirve de la mezcla conveniente entre realidad y ficción, entre realidad y deseo de lo que fue. Esa es la desgracia fieramente humana.

Los orígenes personales de la relación con la literatura deben contener alguna implicación fortuita, simbólica, para que se sostenga durante décadas. ¿Por qué, hasta un tiempo, no te preocupó escribir y de pronto tu vida se convirtió en eso de continuo? Podríamos utilizar una metáfora parecida al soplo divino o a la conversión religiosa o al descubrimiento forzado de la realidad velada. La épica del símbolo aguanta mejor que otras la narración de un acontecimiento probablemente construido por nuestra imaginación.

Ninguno de los artistas proclama que pinta o compone por la gracia de la realidad. Los hay, como Lorca, que combinan la gracia de dios con la técnica, pero la mayoría parte de él mismo como el buscador, el arqueólogo, el detonante de la escritura en sus manos. El arte existe porque existo yo, de mí emana. ¿No será al revés y es por eso por lo que han existido muchos artistas; no será que la condición humana puede desarrollar una sensibilidad hacia la realidad que provoca que esta se apodere de nosotros?

El sujeto agente siempre es el artista. Hice, comencé, intento…sin darse cuenta de que unas coordenadas precisas y mermadas son las que propicia el encuentro. El arte existe antes y después del artista, él únicamente puede rubattearlo, oxigenarlo, acaso mostrar lo que todavía nadie ha podido mostrar. No es que él lo invente, sólo lo desvela porque ya era.

Así que, los orígenes literarios propios los concibo como un estado latente, tal y como hablaba Menéndez Pidal de la lírica primitiva, que anidaban en la conciencia y que se despertaron gracias al concierto y el jalón de la realidad. El resto, es sabido, es búsqueda en vida de ese origen que jamás se alcanzará a las claras.

martes, 23 de agosto de 2011

HACÍA tiempo que no escuchaba a Tchaikovski con tanto deleite. Probablemente, este sentir melancólico y taciturno que sostengo proviene en gran medida de aquellas tardes en que me dedicaba a escuchar a Tchaikovski, Bramhs, Liszt o Mahler y que terminaban en la apoteosis de la iracundia beethoveniana. Esto sucedía justo en la época que ha venido a llamarse educación sentimental y recuerdo vivamente las tardes de verano en las que, mientras dormían mis padres, escuchaba música, esta música que ahora vuelve a un ser renovado para nutrirlo de nuevo.

Había en las melodías de Pyotr una cadencia que apuntaba a la nostalgia, a un estado de anhelo profundo y de pervertida claridad. Mientras los bajos se sucedían alternando sus proclamas, las melodías iban haciéndose límpidas, intercambiando la bajura del fagot con el sinuoso y esbelto timbre del violín. El viento prevalecía sobre la cuerda, pero se reogía todo al fin en un staccato primoroso que apuntillaba la entrada rotunda de los contrabajos, trompas y trombones. Exactamente como estas tardes de sosiego que son traspasadas por la finura de la reflexión con que se ejerce esta palabra.

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POR VARIOS motivos terminé en las páginas del catedrático de Filología Neotestamentaria de la Universidad Complutense, Antonio Piñero. Este filólogo es nacido es Chipiona, población muy cercana de donde nací. Decía que, por diferentes cuestiones, desemboqué en la lectura de sus trabajos sobre el cristianismo primitivo, el origen del cristianismo o los trabajos de erudición filológica e histórica sobre el Nuevo Testamento. Me atraen de esos estudios el rigor del método filológico-histórico y la actitud profesional que muestran todos los colaboradores. Ante un fenómeno como la religión, no es moneda común que incluso los profesionales dejen atisbar sus preferencias en giros, manifestaciones o interpretaciones más o menos intencionadas. No es el caso del señor Piñero quien, por el contrario, nos tiene acostumbrados a exhibir un conocimiento profundo, exhaustivo y monumental sobre los textos canónicos y apócrifos.

Fue de esta manera cómo pude acercarme a la existencia del gnosticismo y cómo, por ende, concluí en algunos estudios de C.J.Jung sobre estos religiosos primitivos que tanto le atraían.

Leyendo algunos pasajes del Evangelio de Tomás o del Evangelio de Felipe tiene la sensación de estar recorriendo los escondrijos de la Historia y de los estamentos sociales. Me detengo, por ejemplo, en la explicación que hace Elaine Pagels en el uso que hacía Tomás, en su Evangelio, de la palabra “monje” y “monástico” para referirse a los gnósticos, pues, según la profesora estadounidense, estos términos provienen del griego monajos, “solitario, solo”, justo lo que defendían los gnósticos: “Hay luz dentro de un hombre de luz e ilumina el mundo entero. Si no brilla es oscuridad”.

Estas declaraciones fascinaban a Jung y se erigieron en terrenos fértiles para sus investigaciones, “hay luz dentro…”. Algo parecido le sucedió a Juan de la Cruz y posteriormente a Rilke. Todos atisbaron que, en esa luminosidad que se halla dentro de cualquier hombre y desde el hombre, es posible encontrar otra naturaleza de la realidad.

Rilke en Cartas a un joven poeta: “Solo es necesaria una cosa, soledad. Una gran soledad interior”.

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ES el proceso de la escritura lo que va determinando el origen de la escritura. En la elaboración, casi simultáneamente, las ideas van tomando forma y la forma va engranándose con las ideas venideras y atascadas. Por eso es tan difícil descifrar el origen cuyo origen es uno mismo.

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LEO, en las Confesiones…, de Márai: “En la literatura, como en la vida, solo el silencio es sincero”.

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HE DEJADO el cuaderno abierto sobre la mesa e intermitentemente he ido escribiendo en él sin más brújula ni fin que el de escribir. Realmente es lo que realizo todos los días sin falta, porque escribir se ha convertido en una ejecución sistemática, que responde al impulso de la grafía, de la anotación, de mantener abierto el canal con un receptor imaginario, que soy yo mismo. Las agujas de ese territorio giran alocadas y todos los caminos conducen a ninguna parte. Es un estarse en una quietud dinámica. La soledad luminosa, la poesía monástica de la intimidad que descubre y desvela lo universal del hombre.

lunes, 22 de agosto de 2011

EN EDIMBURGO pude comprar dos bolígrafos que están decorados con las notas musicales de una partitura antigua. Uno es negro y el otro blanco. Los tengo reservados para escribir únicamente en los cuadernos que compro compulsivamente siempre que voy a un museo, a una exposición o a una papelería especializada en una ciudad de paso. Ahora, por ejemplo, poseo dos cuadernos nuevos que solo tienen escritas dos o tres páginas, a parte de los moleskines de distinto formato que descansan en las mesas de la casa.

Uno de los cuadernos lo compré este verano cuando visité el Museo Picasso, en Málaga. Es verde y en la portada se recrea una obra del pintor malagueño titulada Cuatro espacios con cruz quebrada, de 1932, que fue realizada en gouache sobre papel. La composición fue de mi agrado a pesar de que, algunos acompañantes expertos me recriminaran que esa obra no era significativa del autor de marras.

Hete aquí que, en cuanto me dijeron esas palabras, comencé a escribir unas notas sueltas, avivadas por las respuestas que no quise proferir en aquellos momentos, pero que me ayudaron a reflexiones posteriores de gran valía. Escribí: “Hay curvaturas de las que no conocemos sus cimas. En el entendimiento de esa ondulación, debemos descifrar la perspectiva adecuada para que nuestra recepción sea la más efectiva y plena. Piensa uno en la obra de un pintor, en sus etapas estéticas diversas y debe entender que no son más que consecuencias del intelecto, de las creencias que van fermentando de continuo. Cada vez me atrae más la idea que defiende lo siguiente: con la madurez se gana en muchas cosas, pero también se pierden virtudes irrecuperables.

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HE COMPRADO muchos libros este verano, sobre todo libros de índole filológica. Sé que estas referencias molestan a muchos escritores que definen a los filólogos con términos poco felices. Es cierto que la filología última hace poco por embadurnar la literatura con miradas inteligentes sobre su construcción, pero las obras que he comprado pertenecen a otra época, a los momentos de efusión del conocimiento filológico. Por ejemplo, al fin poseo los cuatro volúmenes de Otis H. Green titulados España y la tradición occidental (El espíritu castellano en la literatura desde El Cid hasta Calderón), obra escrita sin las mejoras para la investigación –Internet, digitalizaciones- que existen en la actualidad, pero de un calado inigualable.

Disfruto sobremanera con la compra de estos libros, sobre todo cuando especulo con lo que podrá estar pensando el librero de turno. Imaginará a un señor entrado en años, nostálgico de los volúmenes de Gredos de los años cincuenta y sesenta, que los compra para que los luzca su biblioteca. Nada más lejano de lo cierto, pero me emociona que el librero tenga esa imagen del comprador que le encarga y le facilita la salida de aquellos libros que parecen haber estado décadas en las baldas de una librería de lance.

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HAY quien denuncia la influencia de Hegel y de Heidegger en la literatura como algo nefasto. No lo creo. Heidegger ha dado algunas de las páginas más emotivas en que se armonizan escritor y lector, Hölderlin y el pensamiento, la Filosofía y la Poesía. Las reflexiones sobre la verdad y el arte o sobre el sentido trascendente de la obra artística deberían ser lecturas salvíficas para los que se enconan en jugueteos evanescentes de lo bello. Unos versos de Hölderlin son sometidos a una exégesis tremenda por parte del filósofo alemán: “Difícilmente abandona su lugar/ lo que mora cerca del origen”. La poesía es, desde luego, salto fundador en las proximidades del arte. El arte, como origen mismo del arte, como origen que propala la posibilidad de acercamiento a la verdad de la esencia. No hay respuestas en este ensayo a la pregunta milenaria, únicamente orientaciones, norteos. Quizás una de las referencias más hermosas es aquella en la que Heidegger escribe cómo la obra de arte y el artista reposan al tiempo, en concierto pleno, en lo esencial del arte. Ser y decir, desvelo y esencia, magnitud de la palabra y del lenguaje último a que sometemos el Tiempo que nos dice.

domingo, 21 de agosto de 2011

DEBERÍA uno construir un acantilado para filtrar las aguas que pretenden acomodarse en la escritura. Un acantilado, digo, o cualquier filtro natural que juzgue de inmediato si el asunto es digno de aparición o si el tema es decente para que uno le busque los ropajes con el verbo. Un filtro o una primera estación y fonda en que los temas sean juzgados y sometidos a un profundo análisis o a un interrogatorio severo. Conseguiría a lo mejor dar pábulo solo a temas realmente interesantes, pero es cierto que se perdería la frescura con que se escribe sobre lo que brota sin avisos.

Algo parecido sucede cuando uno escribe, por momentos, poemas. Encuentra un magma al comienzo, un amontonamiento de vibrantes palabras que parecen definitivas. Pero qué poco dura esa efervescente aparición, tan solo unos minutos de sosiego lo desbarata todo y lo vuelve nimio. Con el tiempo, el rostro de aquellos versos queda desfigurado y ni siquiera mantiene el brío inicial y la apariencia del nacimiento. Como el que se echa al agua y comienza a nadar sin saber hacerlo bien, se levanta mucha agua, los movimientos no son mesurados, en principio todo es un violento estar para no hundirse. Sin embargo, el nadador experimentado sabe que en el concierto del movimiento está la preponderancia: movimientos precisos, juego de espejos, suavidad y sencillez aparentes.

Por ejemplo, detesto al escritor que se repite y que no consigue otorgar a su escritura nuevos bríos o de impregnar su escritura con la influencia de otros géneros, discursos o propuestas estéticas. Ante esa dubitativa necesidad de escribir y expresar, el escritor cuenta con precedentes magníficos que deberá seleccionar con tino. En este sentido, la lectura es el primer bastión y la vanguardia de la inteligencia literaria y quizás ese filtro lítico que estoy apuntando. Los escritores geniales han sido lectores geniales siempre, pero no sucede a la inversa. Y como leen, vuelvo a repetirme en mis palabras, porque todavía nado con los aspavientos del principiante sobre las aguas.

viernes, 19 de agosto de 2011

Termino de leer El gato encerrado, de Trapiello y me satisface comprobar cómo uno, en sus inicios, solo tiene la posibilidad de ir apuntando sus logros, de ir sosteniendo un estilo que siempre puede mejorarse. Es lo que ocurre en este libro iniciático, están presentes todas las melodías que se desarrollarán años después -como se anticipan en una obertura sinfónica-. También se presentan algunas de las cualidades que, tomos más tarde, consigue afinar el escritor de marras e, igualmente, se ofrecen asuntos que nunca vuelven a ser tratados con la misma voluntad. Ha sido una lectura gratificante, pues comprueba uno que, en estos escritores admirados, hubo un tiempo de aprendizaje y de marros.

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Como no existen ya los amigos que puedan presentarte a tal o cual escritor (o si existen no me interesan los escritores de turno), como no existe la reunión de escritores en que se pueda actuar como aprendiz, con la boca cerrada y las ideas en tensión, he podido escribirle al escritor P.D´ors directamente. Lo menciono en estas páginas ya que su obra me parece de lo más destacado del último panorama literario en nuestras letras; desde luego una obra hacinada desde la inteligencia, escrita con virtud, con conocimientos bien administrados y, sobre todo, sin concesiones a lo que es habitual en el mercadeo editorial. Una literatura que emana, en cualquier libro, el aroma de la literatura. El diálogo ha sido corto, pero fructífero, pues ya tengo sobre la mesa y a la espera El estreno.

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Quizás debería comenzar a leer de otra manera, despojándome de todo pertrecho analítico y dejando fluir la pasión que todo lector encierra en sus actuaciones. Es cierto que ese fervor puede ayudar a comenzar con brío, pero me sucede una cosa extraña, que no tendría que acontecer con tanta fuerza. Cuando termino de leer un libro, necesito tener los resortes suficientes como lector para poder ofrecer una lectura severa, exhaustiva, que transmita con la mayor exactitud la opinión que sostengo y, además, que argumente todo ello. Consiste en la descripción de una geografía con las fotos exactas de sus accidentes.

A decir verdad, casi siempre me quedo en el primer paso: realizar una lectura exhaustiva, pero casi nunca logro alcanzar el segundo, argumentar la opinión. Soy, cómo no, un lector expositivo, como tantos otros

Así las cosas, debería uno aprender a conformarse con ese acercamiento al fenómeno literario, debería uno aprender a degustar únicamente el tanteo, el deleite de leer sin más ni más y a olvidar, por qué no, el lápiz toda vez que agarro un libro.

jueves, 18 de agosto de 2011

Escribió Gracián en Arte de ingenio o Tratado de la agudeza: “son los conceptos hijos más del esfuerzo de la mente que del artificio; salen a la luz sin magisterio”, y no puede tener más razón, pues el concepto horada en las dimensiones del talento del escritor de forma natural, sin aspavientos, demostrando un magisterio único y personal que proviene de la mente, esto es, de su inteligencia. Si tenemos en cuenta que inteligencia y lector comparten étimo (del indoerupeo leg*y también en el griego legein) la apreciación de Gracián es perfecta en tanto en cuanto el proceso de escritura y lectura se produce de continuo y recíprocamente.

En este sentido, los escritores que han alcanzado un lenguaje (entendido en sentido muy amplio) personal, una manera singular de expresar literariamente lo sentido, perviven sobre todo en esos giros, en lo que Alonso llamaría el daimon espiritual. Lo creo así en la mayoría de los casos, pero cuando el poeta se entrega únicamente a un credo estético corre el riesgo de agotarse en las formas manidas de esa estética que ya están presentes en la perspectiva del lector. ¿Qué esperamos de la poesía social, por ejemplo? Sin duda, comienzan a dispararse una serie de estructuras, temas y inferencias que podrán encontrarse en buena medida.

Sucede lo mismo cuando un escritor fundamenta toda su escritura en dos o tres figuras retóricas o tropos que, después de la repetición, vienen a desmayarse entre las manos del lector avisado. Por este motivo, el escritor deberá proseguir por donde crea que su campo de expresión podrá ser más fecundo y duradero, tanteando por un lado y por otro, concediendo la oportunidad a la palabra vedada en principio. Hay recursos, como la imagen o el hipérbaton, que pueden funcionar a la perfección cuando son dosificados con mesura, pero pueden saturar, igualmente, el entendimiento del lector si son usadas sin criterio, únicamente por la facilidad del escritor al ejecutarlas o por la simple imitación, burda, de poetas que pensamos excelentes.

Por tanto, Gracián estaba definiendo el concepto (lleno de matices en la época) en la poesía que surge sin magisterios previos, sin artificios establecidos, sino de forma natural, luminaria, como el aire que penetra en los pulmones sin ser notado y luego se expulsa para que pertenezca al mundo.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Siente la orfandad del ingenio y de la virtud. Se ahoga en los merodeos de sí mismo. Falaz engaño de enunciados tristes, renuncia exacta de los ecos vivos.

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Huelga decir que el escritor de diarios reflexiona continuamente sobre la propia escritura de diarios. A poco que uno lea algún volumen al azar de este género, puede comprobarlo. He pensado sobre ello de un tiempo a esta parte y quiero expresar algunas cuestiones al respecto, aunque sea de forma inconexa o a modo de esbozo.

Creo que el escritor de diarios puede igualarse en ocasiones al escritor de poemas. No quiero decir con ello que el resultado verbal pueda igualarse, estoy señalando la condición de la escritura por parte del escritor. Es, quizás, el diario la forma narrativa en que se ha ido resguardando cierta pureza de la escritura y del hecho literario. En él pueden darse todas las experimentaciones formales y sustanciales de cualquier índole, puede divagar por los temas que quiera; puede sufrir elipsis enormes y el escritor puede optar por el narrador que le venga en gana sin que nada, al final, quede trocado o modificado.

No cualquiera se plantea escribirlo y, menos aún, mantenerlo durante décadas o lustros. Hay, por el contrario, en esa escritura, un profundo ahondamiento en el espíritu del ser humano, pues, indagar en las entrañas de un solo hombre es hacerlo de la humanidad entera.

Hasta aquí llego, pues no sé explicar con entereza lo que quiero transmitir. Perdóneme, lector, estas torpezas de aprendiz, pero supongo que habrá quien será siempre un aprendiz.

Por otro lado, el destinatario de esos textos –que ha sufrido en la época contemporánea una evolución notable- ha sido siempre el interesado en los vericuetos de la vida de un escritor que ha escrito otras obras supuestamente mejores. Por ejemplo, se han interesado por los diarios de Kafka para entender mejor -piensan- algunas piezas mayores de su producción. Sin embargo, puedo decir que la mejor obra de Julio Ramón Ribeyro son sus diarios y lo mismo sucede con Márai, Renard, Cheever, Pla o el propio Trapiello, entre otros, cuyas obras no alcanzan la entereza de sus páginas de diarios. De ahí la diarivela trapiellana, la mezcolanza literaria de un discurso nuevo. Podríamos incluir obras que no son tomadas con el marbete de diarios, pero cuya sustancia biográfica evidencia una impronta decisiva. Me acuerdo de Montaigne o de Chateaubriand. ¿No es acaso la lectura de un diario un pacto ficticio en la comunicación literaria? ¿Cuál es el molde comunicativo en que debemos enrolarnos para entender estas obras; uno fronterizo entre el mundo real y el ficcional o debemos elegir uno de los dos sin más miramientos?

En fin, sean cuales sean las respuestas a estas disquisiciones apenas abocetadas, sigo preguntándome por la naturaleza de estas páginas que brotan incesantemente y que, cada vez, me alejan más de algunas convicciones antiguas. Solo tengo que releer algunas páginas escritas hace tiempo para comprobar que ya nada parece ni siquiera el reflejo de lo que fue y que, con seguridad, la imagen total del hombre que las vive y escribe será distinta de todas las supuestas imágenes que quiera proyectar ahora, desde la vida narrada. El lector del futuro se comunicará con estas páginas, -si es que alguien lo hace alguna vez- con pactos y sensaciones distintas a las que cree uno ahora. Pero, ¿no es mágico, acaso, saber que serán leídas como nunca antes lo fueron, que serán leídas como nunca antes había imaginado?


Llevo dos noches sin dormir y ya es habitual que, durante el verano, el insomnio se apodere de las noches calurosas de agosto. Dos noches no son demasiadas si tenemos en cuenta que, en otros años, pude haberme llevado hasta quince días sin dormir de continuo. Decía que llevo dos noches sin conciliar el sueño y lo que hago es aprovechar esa circunstancia para explorar la noche como nunca lo realizo. Los sonidos, la oscuridad, la quietud, percibidas como claves jamás desentrañadas de una cábala.

Mi figura, en esta oscuridad de trigo, es diminuta, casi imperceptible. Penetro en la noche leyendo a Thomas Mann, Doktor Faustus. En esta obra puede uno leer páginas que trascienden la significación más superficial: “Del encuentro de la grandeza y de la muerte nace una objetividad hasta cierto punto convencional, cuya soberana belleza supera a la del más desenfrenado subjetivismo porque en ella lo exclusivamente personal, el dominio de una tradición llevada a su más alta cumbre, se supera a su vez y, en plena grandeza espiritual, accede a lo mítico y a lo colectivo”. ¿No es exactamente lo que predican estas palabras lo que me sucede en esta noche, en la noche toda? La muerte en el sueño, el desvelo, el subjetivo mundo que se objetiva en la noche y en el silencio. El silencio es la objetiva presencia de lo bello.

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Los homenajes a FGL protagonizados por pseudopoetas de todas las edades, es el peor homenaje que pudiéramos ofrecer. Qué panorama y qué catadura ética de los poetas españoles.

En primer lugar, habría que decirles a los poetas más jóvenes que lo lean. Todos dicen, como tenores huecos, que FGL es muy importante en su poesía y para su poesía. Habrá que ser memo para argumentar la importancia del poeta tomándose a sí mismo como ejemplo de virtud. Sinceramente, estos artefactos esperpénticos me irritan demasiado de un tiempo a esta parte. Otra dice, para colmo, “escribo poemas porque leí a FGL”. No puedo dejar esta nota de paso sin decir que la elegía por antonomasia de nuestra lengua la escribió Jorge Manrique.

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Vuelvo a la luminaria de la noche. En la música no existen voces secundarias, porque todas son necesarias para que la composición sea plena. Sin embargo, en la poesía se escriben demasiados versos secundarios que nada vienen a aportar a la polifónica presencia del discurso lírico. Un verso, cualquier verso, debe ser escrito como el elemento capital de la composición, no puede ceder el poeta al pasaje oportuno. Eso pertenece a la narrativa. El poema es, como decía Vallejo, un organismo vivo, orgánico.

lunes, 15 de agosto de 2011

La marejada tenía en sus senos una lengua de algas. El aroma de su sexo arrojaba en la conciencia la vulva de un fuego mineral. Luz, eras toda de luz bimembre. Era la tarde la cadencia de su pubis y de la tersura que se extendía hasta la frescura de sus pies. Su cabello, esparcido por el viento de siroco, su cabello al viento desnudo, arrastraba leyendas ancestrales que embriagaban, como sus brazos, manteniendo mi cuerpo hasta no se sabe qué confín de la memoria. Fuimos uno, todo, por entero. Dejamos de ser todo para expandir cada conciencia, oh mar, que luchas sin descanso.

Todavía mi piel atestigua tu turbulencia, aún mantengo la pasión del trauma sin anuncios. Has vivido siempre a mi lado y yo he sido tu habitante extraño, pero hoy, únicamente, hoy, he fecundado en el alma la belleza más firme y lábil que jamás he contemplado junto a tu cuerpo, con tu formas, en tu centro de infinito.

domingo, 14 de agosto de 2011

No recuerdo con exactitud si fue Lázaro Carreter (y otros tantos) quien escribió que la comunicación literaria, que todo el arsenal singinificativo del discurso literario, necesita de un lector para crecer como tal. Recordaba el filólogo el étimo de leer y de lector así como su relación con inteligencia. Desde hace unos días, tengo muy en cuenta el significado verdadero de estas palabras, el origen del cual proceden, porque pienso que la condición de lector ha ido degradándose hasta llegar a una banalización muy extendida. Tanto, que las universidades y las cátedras y los estamentos más elevados están repletos de lectores que no escogen, seleccionan con un criterio bien formado sobre las obras y en las obras literarias, sino que dejan que escojan por ellos según unos criterios casis siempre extraliterarios.

Escuchaba a Dámaso Alonso en un vídeo hablar de J.R.J. a pesar de sus diferencias vitales; hice lo propio con Octavio Paz y Alfonso Reyes sobre diversos asuntos y leí algunas páginas de otros lectores privilegiados de otras épocas incluida la antigüedad. Fue un circuito dedicado a la contemplación de la inteligencia lectora, valga la redundancia. Hay en ellos una entrega, una dedicación, una posición vital que los lleva al ejercicio de la lectura desde una postura objetiva que desarrolla una capacidad de selección impropia entre los lectores comunes. Fijan su atención en el concepto y en su concierto formal, ahondan en ellos hasta agotar todas sus posibilidades y después ofrecen una escritura estructurada de esa experiencia. Como unos mineros bajo tierra, con unas luces impotentes, escarban para intentar encontrar las piedras preciosas, los minerales, lo valioso de la obra, para ofrecerlo en limpio aunque el fruto sea minúsculo.

G. Steiner afirma, y lo he escrito muchas veces en este diario, que la mejor crítica literaria (y que conste que no hablo de crítica literaria) la ejecutan los propios creadores, que no habrá mejor crítico de Sófocles que Shakespeare o que no se podrá analizar mejor los romances que García Lorca. Creo, sin embargo, en una posición medianera, que no llega a alcanzar la creación, pero que puede llegar a observar las virtudes de las obras artísticas. Esa posición está reservada a un puñado de lectores sosegados, pacientes, que vuelven una y otra vez sobre lo leído, -con lentitud, con fijeza-, sobre las grandes obras literarias. No se paran ni pierden el tiempo en minucias o análisis a la ligera, sino que invierten el tiempo que les queda en seguir indagando en esas páginas extraordinarias. La lectura como elección y esa elección como manifestación de la inteligencia.

sábado, 13 de agosto de 2011

Hoy he comprado un libro con la convicción de que era, en esos momentos, otro, concretamente R.G. Leer imágenes, de Alberto Manguel, ha sido el volumen culpable de esa consciencia de metamorfosis. Pensé, imaginé e incluso escribí con la menuda caligrafía de ese señor que es pintor. Saqué unas gafas marrones, minúsculas y me las puse para poder leer de cerca las páginas que principian el volumen.

Todo comenzó a adquirir el ambiente de un relato de Cortázar: una narrador relataba lo que un personaje realizaba (yo, en principio) cuando, de pronto, irrumpe otra voz narradora que se diluye y alterna con la otra voz ofreciendo la actuación de otro personaje (la de R.G), no solo la acción, como expliqué, sino el pensamiento. Un narrador con plenitud de conocimientos que trasvasaba lo que hubiera hecho y pensado R.G. en mi circunstancia al tiempo que desarrollaba lo que yo mismo deseaba. Vidas paralelas que se rozan en un punto.

Pasados unos minutos, las dos voces comenzaron a mezclarse, a trenzarse, de tal forma, que fue imposible despejar las dudas y obtener respuestas de lo que ocurría, ¿era mi narrador o era el narrador de otro inmerso en mi vida?

Cuando hube salido de la librería, cargado con el libro de Manguel, llevaba una página doblada que pretendía marcar un pasaje: “La evolución del arte no es lineal, es geométrico”. Puedo comprobar ahora que la ilustración sobre la que se escribe este aserto es Mujer llorando, de Pablo Picasso y que, hace unas semanas, en Málaga, mientras paseaba por el museo dedicado al artista, pude hablar con Pablo de las cinco lágrimas que suicidan el rostro cariacontecido de la madame.

viernes, 12 de agosto de 2011

Era todo una algarabía, un acontecimiento que marcaba el devenir del verano. Los días de carreras en la playa eran los que jalonaban definitivamente la infancia marítima. Porque los niños son los que mejor recogen la emoción de las carreras en un hipódromo que se transforma, de repente, después de los baños y el juego, en el lugar de la ilusión.

Todos los años teníamos nuestras casetas de apuestas y no tenemos por ello ninguna reminiscencia oculta, ni ninguno de nosotros ha terminado siendo un ludópata. Lo que colmaba aquellas tardes era el trabajo manual, la iniciativa, la imaginación y luego el beneficio o las pérdidas de todo lo que se esfumaba en dos o tres días y que terminaba en la memoria, en la jugosa memoria de la inocencia.

Un día de carreras era algo fastuoso. Se levantaba uno con una mirada distinta de la tarde, pues sabía que el escenario sufriría una metamorfosis total: la marea, la orilla, la gente amontonada, caballos al trote…la salida y la llegada que se anunciaban con voces a lo lejos.

Ahora, pasados los años, cuando paseo cerca del mar y se suceden las carreras desde la lejanía, no puedo dejar de recordarlas como un tiempo dentro de otro tiempo, como una estación feliz de la infancia, de los años en que solían los jóvenes entusiasmarse con juegos de calle, con manualidades, con carreras de caballos, con tener a la familia cerca y reunida. Ha cambiado todo o quizás he sido yo el que ha cambiado demasiado, pero no quisiera borrar nunca ese periplo pasado de araucarias, ese fervor veraniego de las carreras repleto de salitre ni esa imagen de mi abuelo agarrándome la mano con firmeza y llevándome a la orilla para que viésemos la fuerza natural de los caballos pasando a pocos metros de nosotros. Cómo sonreía al ver que me ruborizaba con el ritmo cuadrúpedo del descubrimiento.


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Leo algunas anotaciones en el volumen de Sonetos a Orfeo, de Rilke, escritas a lápiz con una caligrafía que refleja la emoción que me atrapó en la primera lectura, -ni más ni menos que en las posteriores-. Decía la nota: “Podría decirse que la historia de una lengua es la historia de su filosofía; que la historia de una lengua es el vestigio de su realidad pasada. Por ello el griego tuvo más de diez términos para decir “mirar” diferentes o veinticinco de “estar-triste”. A continuación, escribí: “El aire es el sustento del ritmo en la palabra, esto es, de la vida. El aire fecunda lo invisible, lo esparce, lo hace nuestro y lo eleva a otra tierra donde estaremos por siempre y eternos”.

No recuerdo bien qué me llevó a escribir estas anotaciones sueltas, obviamente algún pensamiento después de leer aquellos poemas demoledores, pero me interesa hoy, después de algunos años, intentar establecer la razón, la causa que detonó aquella escritura en los márgenes….y sin casi sin notarlo, me doy cuenta de que el nacimiento de nuestra lengua, -los primeros vagidos de la lengua española-, se encuentra en los márgenes de un manuscrito. Y quiero decir, usando el paralelismo, que quizás nace una lengua interna en esas primeras anotaciones que realiza uno en los libros que lo hicieron responder, escribir la lectura, como ser mortal y sensible que halla la armonía, la belleza, la perpetuidad de lo huido. El arte de la glosa es el arte de la literatura y de la vida.

jueves, 11 de agosto de 2011

Tan minúscula, tan insignificante. La vida es un sucedáneo del sueño, ni siquiera posee su estructura. Es onírica por la memoria, es profética por lo subjuntivo. En su cuerpo de desboque nada es sin la presencia de lo bello, sin la presencia de armonía. Todo lo que en ella se transfigura en armonía parece sensible, lo demás es inexistente. El hombre, a su paso por este horizonte de símbolos, pretende captar una esencia, una llamarada invisible que arde por dentro y humea en lo sensitivo y percute en lo perenne: insondable silencio. Jardines, estatuas, encarnadura de mármol. El mar, la tierra, el aire todo. Los verbos copulativos, las predicaciones de lo inefable… la insuficiencia del ser mortal.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Después del trance los días se truncan y despedazan. No he escrito nada desde hace seis días, todo fue arrebato de brevedad, quizás la mejor manera de pronunciar nuestra existencia. La música es siempre brevedad en comparación con el silencio. La lección cifrada.

En Escocia he sentido la verdadera impotencia del escritor, porque allí la naturaleza es una fuerza proteica demasiado que te arrastra y te disminuye y te silencia. No pude escribir nada en el cuaderno que llevaba en la maleta, ni una sola palabra como es costumbre en otros lugares cuando viajo. Ha sido una experiencia fastuosa, inaudita, que vino primera vestida de inocencia, pero que ha terminado desbordándome.

El amor se ha relanzado. Con M.C. los paseos son fluctuaciones por la consciencia. Nos deteníamos en cualquier rincón de Edimburgo para contemplar lo eterno en el mínimo trazo de una piedra. Desde Calton Hill descubrimos que el horizonte es una llama o una fuga del cosmos. Los edificios hacinados, la luz tenue sobre Royal Mile y el mar, todo, exacto, puro, al frente de la estampa.

Y todavía continúo en Edimburgo y en Glasgow y en Highlands, atravesando las medianeras montañas que separan el prodigio de la esencia.

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Con ciertos actos me siento miserable. Sobre todo cuando observo, pasado unos años, que uno nunca ha escrito nada que merezca perpetuarse más allá de la vanidad que nos recorre en la vida. Seriamente, hay que plantearse seriamente dejar de escribir o, al menos, de hacerlo para que alguien pueda leerlo a las claras.

Cualquiera de las páginas pasadas no contienen más que un muestreo de infames petulancias. No son nada en comparación con el sonido de los lagos, no son nada si los arrimamos a la figura y al contorno de una ciudad, no son nada si no poseemos la fuerza candente de desvelar la palabra de sí misma.

He vuelto sobre el largo poema que comencé hace unas semanas. De él, nada me agrada, incluso me resulta ridículo, escrito por un colegial que acaba de leer a Goethe. Está claro que los años van marcando la claridad de ciertos asuntos, por ejemplo, compruebo estoicamente que nunca debí de comenzar a escribir, que tuve que haberme quedado siendo lector, lector únicamente y, en esa situación, haber encontrado la plenitud. ¿por qué no dar ya por fin carne a esa tentación?

lunes, 8 de agosto de 2011

La condición del poeta es acaso la condición del demiurgo: la soledad, la creación, el silencio, la mirada apesadumbrada ante sus marros.

domingo, 7 de agosto de 2011

Hay términos que nos proponen como hombres: muerte, Dios, tiempo…en ellas debemos reverberar si es que queremos ser humanos en algún momento.

sábado, 6 de agosto de 2011

Lo más sublime es la muerte silenciosa de las palabras luminosas.

viernes, 5 de agosto de 2011

No hay permanencia en la palabra huera, no hay trascendencia en la poesía que aspira a ser de bar.

jueves, 4 de agosto de 2011

miércoles, 3 de agosto de 2011

Si

preguntamos

qué

es

la

poesía

estamos

preguntando

por

el

ser.

Esta noche llegaremos a Escocia, aunque ya estemos allí. El viaje, ya se sabe, principia una puesta en abismo de fascinantes aromas que anula el concepto monolítico de tiempo que manejamos. El desplazamiento trae consigo una indagación de orden moral, una verticalidad absoluta. Se ponen en funcionamiento todos los mecanismos de la otredad que poseemos y que hasta entonces no habían operado en nosotros. Son conexiones entre conceptos que nunca antes habíamos tenido y que se enredan, circularmente, con nuestra memoria y con nuestra experiencia sensorial más frecuente. Lo trastoca todo para dar orden nuevo, orden sobre lo establecido. Convierte en lo existente, con los materiales que uno posea, pero dándoles un brillo y una disposición nuevos, hacinando lo que somos, la mísera presencia que nos hace, entre la inmensidad. Es la experiencia del lector que conoce sus límites pero que posee una biblioteca más allá de sus horas, es la sensación del navegante que desea recorrer y esculcar todas las aguas, es la ambición de lo mortal que piensa que, en alguna ocasión, será más allá de sí mismo.

Esta mañana leo a Rilke, Sonetos a Orfeo, porque el poema que comencé a escribir necesita que estas letras, supremas melodías del espíritu, las impregne de la materia que trata. En la mesa, Dante y Leopardi acompañan estas metafísicas de viaje.

En Escocia podré contemplar el paisaje sosteniendo una lira y quizás los laureles alcancen su lozanía. Allí, en la frescura de otra tierra en esta tierra, podré comprobar que el hombre es el mismo y es otro, es un siendo todavía.

martes, 2 de agosto de 2011

En un manuscrito francés del siglo XIII aparece un monje recostado y arropado con una manta gris. En la ilustración, el autor incluyó una mesa al fondo que soporta tres volúmenes y los zapatos a los pies de la cama. Sin embargo, la acción que lo conmueve todo es el acto de leer: el monje lee recostado un “libro” mientras, a lo largo de la manta que lo socorre del frío, ha dejado otros tres “libros” abiertos. La concentración es absoluta y el cuerpo mantiene cierta erección, ya que su espalda no termina de encontrar la blandura de la almohada. Se ha metido en la cama para resguardarse del frío en el invierno y no encuentra mejor asunto, mejor ocio, que el hecho de leer y escribir, porque parece que sostiene unas tablillas y un estilete.

En Málaga, mientras compraba algunos libros de poesía,-entre ellos una antología de la poeta M.V.A., Como las cosas claman-, un señor leía ensimismado un libro de Thomas Mann. Otro, a su vera, mantenía en vilo su imaginación con Delibes.

Han sido más, muchas más, las escenas que he podido contemplar en pinturas, ilustraciones o en persona de gente que lee. En todos esos momentos, ha existido una constante que es la que quiero dejar glosada en estas líneas de agosto: las miradas son hacia un infinito en que todo habita menos quien lee. Es una mirada interior que no necesita de ángulos ni de fijaciones. Se aproxima al alma, relame el espíritu y saborea un elixir del que nadie puede decir qué es.


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Desde hace unos días estoy apenado porque R.G. ya no sera compañero de trabajo. Ello implica que no podré compartir, convivir en el arte en aquellos momentos redentorios de la monotonía y el desasosiego. Sinceramente, lo lamento, ha sido una puesta en abismo que me deja solo, deambulando por los corredores de la estulticia o navegando a la deriva en la estultífera nave. En cualquier caso, debería tomarlo con una gracia del azar el hecho de que hayamos coincidido, de que nuestra vidas se hayan cruzado en alguna tangente. Ahora serán vidas paralelas, imaginadas, tremendamente añoradas.

lunes, 1 de agosto de 2011

Como los caníbales, algunos acuden al lugar en que huele a sangre y allí se asientan y comienzan a gobernar, aunque sea en solitario. Lo dejo escrito en 2011 para que, dentro de unas décadas, el lector pueda comprobar que el ser humano sigue siendo el mismo mojón vanidoso en la Tierra desde sus orígenes. Es lo que me ha parecido una encuesta en un medio pseudo-cultural de tirada nacional en que se preguntaba por las bitácoras literarias más interesantes. Desde luego el compadreo ha salido a la luz y sobre todo, la necesidad de sacar en vivo a ciertos nombres que han llegado a las bitácoras hace pocos minutos y que, siendo buenos escritores, lo único que hacen es colocar sus artículos o sus ponencias o sus refritos en otro formato, simplemente.

Es paupérrima la información que se ofrece en la reseña, ya que existe en este país una editorial, -no diez ni veinte-, dedicada a la publicación en papel de ciertas bitácoras y no aparece nombrada por ninguna parte; ni siquiera se expone a las claras cuáles han sido los criterios de los que han votado o mencionado a los otros.

Escribo todo esto motivado por una náusea que no viene de este minucia sino de un malestar generalizado, un estupor que va acrecentándose cada vez que la literatura es objeto de discusión o de trato en los medios de comunicación o en editoriales que siguen unos ideales políticos. Así que, entre la incertidumbre y los suplementos de aguachirle, tiene un que quedarse mudo ante el espectáculo aunque, en esta ocasión, me haya salido una pedorreta que no pude contener o en otras crea que el circo de pulgas fue una gran metáfora.


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Al final de las páginas de Confesiones de un burgués, de Sándor Márai, declara el escritor: “la soledad es un elemento vital para el escritor”. Así lo creo. Mientras que para una gran franja de la sociedad la soledad es un indicio de fracaso, de vida insostenible, de desorientación o de cualesquiera de las ramas de la muerte en vida, para el escritor es muerte dadora de vida, porque en la soledad comienza la búsqueda perenne de un secreto que se aloja en el interior y que solo es posible escuchar solo, tan solo, que hay que dejarse a uno mismo en la vereda.

En el mismo capítulo, Márai sigue profundizando en el concepto que había sugerido y escribe lo siguiente: “ Los poetas -Mallarmé, Baudelaire, Goethe- me hablaban muy de cerca, con una voz familiar que no pertenecía ni a un parentesco ni a un estilo ni a una ideología. Uno pertenece a una familia espiritual. La soledad del escritor solo está poblada por ese tipo de almas, nunca por amigos o amantes?”