viernes, 21 de octubre de 2011


CADA vez voy entendiendo más el fracaso. Quizás esta debiera ser la única posición del autor ante su obra, lo que Ribeyro llamó “la tentación del fracaso”. Una tentación gozosa del fracaso.  
Un escritor, desde que comienza a escribir, se cree poseído por unas virtudes que pocas veces o ninguna es capaz de demostrar. Sus expectativas jamás serán colmadas y sus deseos siempre rezarán como un estado latente, inalcanzables, ensoñados. Serán siempre abstracciones y por mucho que escriba y aprenda y lea y ejecute seguirán siendo figuraciones del espíritu, tentativas que anuncian, como decía, un fracaso anunciado, un fracas cm suficiencia.
A pesar de ello, el poeta verdadero es el que persiste, el que sabe que a lo sumo alcanzará a una consciencia silenciosa en la creación, un resplandor, un vislumbre del misterio. Apenas con eso lo tendrá todo; tendrá la señal de lo que sucedió en otra dimensión interna de la que no podemos decir nada y de la que si decimos algo, siempre será insuficiente. Porque nuestra naturaleza es finita y nuestra nombra con demasiados balbuceos, entenderá el poeta que el fracaso sea un garante de su acción, de su poesía. N por ello debe abandonarla, únicamente deberá aceptar esta condición, la del que quiere escuchar la música de los astros desde la Tierra.