lunes, 5 de septiembre de 2011


A VECES, sueño con que otorgo al fraseo de la prosa la cadencia de una melodía de Brahms. Incluso he llegado a escribir ruborizado por la música de Beethoven o por los nocturnos de Mahler, porque la música del alemán es un ascenso a la luz.
Cuando eso sucede, cuando compruebo que la música es la única fórmula que me aleja de la palabra y me ofrece la transparencia y lo inefable, no puedo más que asentir y entregarme sin músculos ni esferas al ser.


LA imagen en la poesía puede ser un buen comienzo, una aproximación, en algunos bardos, incluso una singularidad que desarrolle el talento,  pero si esta se convierte en principio constitutivo, la inconexión, la yuxtaposición del ser que se ofrece, termina por quebrantarse y quizás por dejar incomunicado el único atisbo de su presencia.


HAY pocas cosas felices y menos alegres. Escribo esto después de que, por unos momentos, haya entrado en un alborozo interno porque J.S.M me envía un documento. Al verlo, se cristaliza en él una suerte de ajenidad. Yo es otro y el rema de mi sujeto aún no lo conozco, pero, a pesar de esta otredad primeriza, percibo una huida y presiento lo feliz porque en otros ojos se vio lo que no me pertenece.  


...sol abocetado en la sien de la piedra. Mármol espurio de cieno y levante. Horcajadas leves ligan el contorno de tu piel sibilina rauda de halcones.