jueves, 8 de septiembre de 2011


TAL VEZ muerto ya es como mejor se escribe, sin pensar en lo concreto de una vida, pues todo lo que una vida tiene de concreto es espejismo.
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O QUIZÁS tendremos que completar el círculo que comienza con la consciencia definitiva de los actos que nunca podremos realizar, de los actos que pertenecen a la memoria aplazada, al otro costado, al encuentro que nunca será narrado por la palabra.  
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PUEDE que no sea ni uno ni otro el motivo por el que siento y oigo el silencio universal del miedo, el silencio trascendente de la continuidad que permanece más allá de los días y de todo delirio.
Qué inútil pretender la conciencia y la fundición de lo extático y lo móvil, de lo objetivo en plena subjetividad. La conciencia de la creación literaria es únicamente guía, contenido del corazón, luz, casa encendida, expectante anhelo, acaso el último resplandor que brilla en la mañana y que se diluye entre el alborozo de la tarde. Solo en la noche, en el punto más oscuro es reconocible. Esa es la consciencia definitiva, la que marca el signo profundo de lo irrealizado.   
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EL SILENCIO no es sinónimo de nada ni de nadie, es solo permanencia en el ser.