martes, 31 de marzo de 2009

Una visita al médico.

Este miércoles fue el colmo, pero no debería de extrañarme por lo acaecido. A fin de cuentas, como un oráculo sin dioses, preveo lo que me va a ocurrir. Por eso me llevé el libro de Pessoa a la consulta.
A don Agapito lo visito cada año, como alergólogo, cuando llega la primavera. Es una cita inexcusable, como el estallido de las estaciones o la llegada de la vejez. En su consulta me han ocurrido cosas muy curiosas. Todavía recuerdo aquella vez en que en el servicio me encontré a un hombre mayor desesperado, con las lágrimas recorriendo la anuezada tez de su rostro, “me ha dicho el médico que no puedo comer fresas,ay,…”. Tanto lloró aquel hombre que no pude más que abrazarlo y asistirlo en sus penas. En ese momento, entró la esposa con toda la sorpresa recogida en su grito: “¡Manolo!”.
Tampoco olvido lo que sucedió en la sala de espera toda vez que la consulta parecía terminada para el doctor. Se olvidaron de mí –al menos eso creí al principio- y cerraron la puerta del salón de aquella casa palacio. Pegué un grito motivado por el miedo y la asfixia repentina. El médico entró poco después, sonriendo a boca llena, “no se preocupe, sólo es un experimento de la liberación de histamina ante situaciones adversas como la claustrofobia, ja, ja , ja…”
Pero este miércoles debía ser distinto, yo quería delimitar mi divertimento y por eso me llevé el libro de Pessoa.
Don Agapito, al verme entrar remangado, pero leyendo el libro, exclamó desde su sillón, “¿qué lees?”, olvidándose de comprobar la reacción al polen de mi organismo. Desde ese momento lo supe atrapado en las redes de la ficción. “Leo un libro de Pessoa, Libro del desasosiego”, dije sonriendo (aún me acordaba de su sonrisa profiláctica). Fíjese lo que dice (y en esos momentos me senté en el recibidor, dejé caer los brazos sobre la mesa sujetando el libro, mientras me preparaba para leer en voz alta. El médico me miraba embobado): “Envidio a todo el mundo no ser yo”.
Los dos nos mantuvimos en silencio un rato hasta que el doctor Agapito pareció tomar conciencia verdadera de la sentencia que inciaba la entrada 203. “Escoja usted otro pasaje y léamelo, pero mientras, entre en el cuarto y desabróchese la camisa, debo auscultarlo...”, me imprecó el doctor que ya batallaba en su mollera con la frase de marras. “¿No cree usted que ya está bien de atender a tantos enfermos?, ¿ha sido usted enfermo alguna vez, lo han auscultado, lo ha auscultado un paciente?”, dije sin remiendos. Don Agapito me miró tremebundo, como un abismo del que manan los sueños.
Cuando sonaron los golpes en la puerta, ya estábamos sentados los dos en la camilla, comentando varios pasajes de Pessoa. El doctor reía, glosaba, intercalaba metáforas con léxico científico; se le escuchaba desde la sala de espera, por eso la esposa entró de repente con actitud bravucona, “¿Agapito?”, le preguntó en la inmensidad de su bisoñez. “Déjame, por un momento, que me habiten los otros”, contestó.
”Acabo de experimentar sobre la liberación de la histamina cuando la ficción actúa a pesar de la razón y la ciencia”, le dije a aquel docotor alocado y tierno, histamínico y puro.

lunes, 30 de marzo de 2009

Canto y delirio.

Cuando vio el horizonte trémulo, con las agallas dibujando a sus pies la miseria de sus días, recordó el canto limpio y sempiterno de las aves, el merodeo instantáneo de los cielos, la críptica música de las esferas. Recordó, igualmente, un canto de Leopardi: “En esta inmensidad se anega el pensamiento”. Al desplomarse desperté de mi sueño: mis manos estaban mojadas y olían a naftalina.

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v, gaviota hierática.


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w, el bigote de Nietzsche.

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d, caracol vertical.

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D, arpa con cuerdas transparentes

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Nadie puede comprender ni admitir la existencia real de otras personas, antes al contrario, son estampas cotidianas como una calle que transitamos a diario, como un paisaje fijado por la conciencia o como un trago de agua que nos recorre la garganta con el sentir insípido de su sesgo acuático. La vida, decía Pessoa, perjudica la expresión de la vida. De la misma manera, la gente dificulta la expresión de la gente: en ellas termina la potencia de su idea, en ellas se figura la interminable mirada de la ficción. Al final de la vida no hemos hecho más que soñar, prefigurar el infinito, atisbar la cercanía de nuestra muerte, escribir arañando las sombras, hablar con la deletérea lengua del pensamiento.
Yo no soy yo, pero no preveo quién dejo de ser. En el otro me fundo, y me precipito en la escritura, y pienso: la escritura es el rescate de un yo que se muere en nuestros dedos. Acaso su rostro.

domingo, 29 de marzo de 2009

Libro de réquiems, Mauricio Wiesenthal.

La publicación de una obra literaria es, en estos tiempos, fruto de varias posibilidades entre las que la calidad de la escritura y la altura literaria están al final de la lista (si es que figuran). Por este motivo, cuando hablo con un amigo u otro sobre publicar la obra que uno que va escribiendo artesanalmente y sin más ánimos que la necesidad imperiosa de escribirla, siempre contesto que hay dos posibilidades. La primera es que si quieres ganar un premio, alguien debe querer darte ese premio. La segunda, que un editor se encapriche de lo que escribes aunque sea detestable y degradante.
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Escribo estas líneas porque acabo de terminar Libro de réquiems, de Maurico Wiesenthal, y he recordado cómo relata el nacimiento de este libro en el inicio, en su "Oración". No era más que una edición artesanal de cincuenta ejemplares numerados que servía como regalo a sus amigos tras una mala racha de salud. Wiesenthal no quería pertenecer al listado de autores que dejan sus miserias en los catálogos de las editoriales y, con ese motivo, publicó en secreto este magnífico libro. Al tiempo, el libro llegó a las manos de un editor, Daniel Fernández, que se decidió abiertamente a publicar el trabajo de un hombre que nació en 1943, que no pertenece a ningún movimiento ni generación, que no se reivindica sucesor de ningún maestro, que no habla de nocillas ni nutellas ni pralines, que esculca la tradición española y europea con el mismo acierto, que había practicado, casi en secreto, la mayoría de los géneros y que se encontraba con una obra ingente, voluminosa, que no aspiraba a la metamorfosis vacua y cachuda de la literatura actual. Fruto de ese encuentro es la publicación del libro de marras, El esnobismo de las golondrinas (2007) y Luz de vísperas (2008). Un mirlo blanco, lo que suele decirse, un hallazgo, una excepción.
A pesar de todo, Edhasa logró publicar este y otros libros del autor que han sido acogidos con notables elogios por críticos y, sobre todo, por lectores que se han atrevido a pasear por las numerosas páginas de sus volúmenes. A pesar de esta circunstancia, los suplementos culturales han desatendido, en gran medida, la aparición de esta obra; recuerdo sólo a Alfredo Valenzuela largo en elogios. Y a Anna Caballé entusiasmada.
Libro de réquiems (casi setecientas) es la reunión de un salmo de alabanzas a las figuras europeas que ayudaron a construir y a consolidar un espíritu que atraviesa la creación en sus múltiples disciplinas. Para esa empresa, Wiesenthal organiza ese recorrido a través de las ciudades en las que esos genios (término que dejo al alcance filosófico más alejado del Romanticismo) desarrollaron su creación y en las que el propio autor ha vivido posteriormente: París, Roma, Venecia, San Petersburgo, Madrid, Sevilla, Viena, Londres, Napoles, Berlín, etc.
Por este motivo, el libro es un paseo por el ancho cementerio que es Europa: él los visita, persigue sus vidas y cuando los encuentra, les recita un réquiem: Stefan Zweig, Casanova, Storni, James, Velázquez, Hugo, Falla, Nietzsche, Dovstoievski, Rilke, Chopin, Beethoven, Mozart, Shakespeare, Calderón, etc.
La escritura es prodigiosa por momentos, con un ritmo que alterna la parrafada biográfica y excesiva con la reflexión sutil y delicada. Los términos son precisos, justos, sin obsoletas manías sintácticas ni préstamos innecesarios que afeen la virtud y el estilo de un escritor. Escribe como viaja, al ritmo de las intuiciones, pero siempre con el tino de quien tañe un instrumento bajo el aforo de la nada.
El libro se convierte en un alegato de los valores y las tradiciones que han sustentado a Europa como tal y que han caído, rendida por la ignorancia, en el olvido:
“No hagamos preguntas. Pero escribí estas páginas para quitarme el sombrero
delante de los condenados y para dejar coronas de flores a los pies de los
muertos. Ellos no me necesitan, pero yo a ellos sí”.
Una defensa que circula por los meandros de la anécdota con la portentosa virtud de un costumbrismo reflexivo y profundo. El episodio, por ejemplo, dedicado a Baroja, es más certero y esclarecedor que cualquier biografía. O las páginas en que narra las vicisitudes de Casanova en Venecia. Al terminarlas, no tuve más remedio que recordar los versos de Antonio Colinas. Para el recuerdo queda el relato de los últimos días de Mozart, exasperado por sus males y por las visitas fantasmagóricas que tanto mal le hicieron; en su cementerio, en aquella fosa común desaparecida, sólo acudió su perro, metáfora del oído actual.
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Vida y literatura, letra impresa bajo el hechizo sepulcral de un espíritu inquieto que atina y desciende a las profundidades de los genios. Obra delicada y emotiva, escrita por el impulso de la destrucción de un continente arrumbado y llevado por los poderes más alejados de la cultura. Cultura como emblema, conocimiento en la soledad individual, labranza de la vida especular que otros nos legaron, música del silencio. Wisenthal conoce los cementerios de París de memoria, en ellos escribe a menudo y visita a Wilde, Verlaine, Proust, Colette, Vallejo, Cortázar… como quien va a celebrar junto a ellos, con una botella de vino francés, la alegría efímera –qué alegría no lo es- de una conversación con los muertos. Vayan a una librería y abran el libro por cualquier página, sin orden ni concierto, una música órfica los cautivará de continuo. Cuando lo adviertan, se verán en el cemeneterio vertical de los genios perdidos.

sábado, 28 de marzo de 2009

En el límite del sentido, un artículo de Eugenio Trías.

Me quedo enroscado –después de leer el artículo al completo- en un párrafo de Eugenio Trías que se publica hoy en una Tercera de ABC, “De Dioses y de Crisis". Todos los artículos de Eugenio Trías son un festín no sólo por la manera de ejecutarlos lingüísticamente sino por el entramado de argumentos y propuestas a que nos llevan sus palabras. Es como si asistiéramos a un banquete y estuviésemos a la mesa escuchando el discurrir, sensato y apocalíptico, de un maestro que lanza sus pareceres. Ciertamente, aparte de sus publicaciones ensayísticas y filosóficas (aquí hable de su último, El canto de las sirenas), Trías es una voz pensadora que atina con la mesura de los hombres virtuosos: “Vacío sistémico, vacío de valores, vacío de sentido; eso que suele conducir a lo que des Jacobi se llama nihilismo. O hay sistema o sólo nos podemos hospedar en sus grietas; en ellas se aloja el comienzo de la catástrofe o el germen de una profunda transformación. Eso son las crisis en la vida personal y colectiva. Son cambio –que hacen época- en la economía del sentido”.
Como el mosto joven, me quedo enturbiado, y no sé realmente que replica puede fermentar en mi sesera a esas palabras y al resto del artículo, pero esa sensación de la búsqueda contestataria pocas veces ocurre cuando leemos un artículo de opinión en la prensa. O leemos a los escritores y articulistas con los que coincidimos en casi todos los puntos de vista y los consideramos mentes pensantes de privilegio y pocas veces nos sentimos capacitados para negarle la mayor, o no leemos nada. Porque leer un periódico que a priori es de derechas o de izquierdas, de una tendencia o de otra, de un grupo o de otro, nos marca el propio sistema de reflexión al que asistimos con la lectura.
Un ejercicio hermenéutico de gran valía es enfrentarse a textos alejados de nuestros pareceres, textos sólidos, de notable importancia, me refiero, no a la sarta de articulistas manidos y casposos que habitan en las alas –extremidad final- de las ideologías y que son voceros, desasidos de razón. En esos textos con los que nos topamos de lleno con una afirmación contraria a nuestro juicio es donde hierve la verdadera naturaleza de nuestro entendimiento. Aunque con estas generalidades que acabo de escribir, tampoco estoy diciendo mucho ni aclarando nada. Sólo quiero subrayar ese párrafo (y el artículo al completo) porque he sentido, como pocas veces, la necesidad de ordenar seriamente la economía de mi sentido.
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Esa disputa nihilista, pienso, anida en la severa preocupación social que rodea a los individuos. No toos los individuos asumen esa perplejidad, ¿cómo distinguirlos, entonces? ¿´Cómo hay hombres que escapan a las primitivas maneras del ser?
Los sistemas sociales, globalizados, tecnócratas, han anestesiado la propuesta individual en agua de borrajas: un individuo, sólo, aislado, poco puede hacer en la masa social. Un continuum que quiere hacerse (o¿hacerlo?) uniforme, unívoco, un espacio que engulle las proclamas individuales. Pero la crisis -economía del sentido- es perjudiial para cada individuo, en él reside la fuerza de la voluntad en esta época anunciada por Zaratustra: "Muertos están los dioses". De ahí venimos , de la meditación bajo un árbol de Buda, de la contemplación de Narciso en el agua, del recogimiento de Montaigne mientras escribiía el techo de su torre con inscripciones en lenguas muertas, del pensamiento de Kant y de Descartes, de la rotunda y metálica nietzscheneana humanidad, de la voluntad de Arturo, de la evolución científica y matemática, etc. Todos, por último y siempre, del origen de esta tragedia, descargada de pathos, que dijeron los griegos.
El idioma del ser ahora es intraducible para la mayoría de los mortales, ésa es la obsoleta medida del hombre moderno.

jueves, 26 de marzo de 2009

Encuentros Jarnesianos.

Hace unos meses compré en una librería de lance los Cuadernos Jarnesianos que publicó la Institución Fernando El Católico y que se publicaron en Zaragoza en 1988. Un total de diez cuadernos componen esta singular manera de recopilar la obra la Jarnés purgando entre los manuscritos jarnesianos existentes en el Archivo Benjamín Jarnés. La selección, de Límites y Lecturas, la realiza M. Dolores Puente Simal e I.M.G, al menos los textos que quiero traer al calor de este trópico.
De los diez Cuadernos, que voy leyendo con parsimonia, escojo hoy dos sólo por sus títulos. El primero se titula Miguel de Unamuno, Antonio Machado y García Lorca. En él encontramos el juicio de un lector muy hábil y de una exquisita sensibilidad. Jarnés hacina con su prosa sosegada y de sólida urdimbre los juicios que le parecen oportunos acerca de unos versos que acabn de publicarle a Unamuno: “estos poemas aparecen como fragmentos de un Diario Íntimo de Unamuno y de España. Son jalones del itinerario de un alma sobre la que pesan todos los infortunios y todas las glorias de un pueblo”. Qué manera de condensar la vida de Unamuno, sus avateres políticos al son de la historia de su país.
Indaga las relaciones de la poesía de guerra de Machado en relación a las masas. Su tesis principal defiende que un poeta de ese calibre está desarraigado de ideas políticas que alienten a las masas al levantamiento o algo parecido. En cualquier caso, el poeta es un confesor del pueblo que clama a las puertas del espíritu.
Por último, se centra en el Romancero de García Lorca invocando el poder la gracia poética del andaluz. Con Federico García Lorca se muestra más reticente en sus pronunciaciones, menos imantado, más meditativo.
Después de leer Las armas y las letras, de Trapiello, –libro de obligada visita, supe de la existencia de estos cuadernos que tan grata lectura me ofrecen. Igualmente, comporé y leí una novela titulada Su línea de fuego que se escribió en 1938 pero que no se publicó hasta 1980. Esta primera edición es una excelente estampa de las vicisitudes que se sufrió en plena guerra civil, juicio severo, por tiempos sesgado, pero de profundo análisis y mejor prosa.
Sin embargo, el volumen que más ha llamado mi atención es sin duda “Límites y Lecturas”. Este cuaderno puede compararse con la escritura moderna en las bitácoras. Los textos que lo componen son de escasa extensión y de una ingeniosidad enormes: “La novela debe ordenarse en torno a una concepción del universo, “de la que el individuo –protagonista-es el centro. También puede serlo un conjunto humano”. Otras prosas están cercanas al mundo narrativo, a los microrrelatos: “Un día Heine visitaba con un amigo la catedral de Amiens. El amigo le preguntó por qué actualmente no seran capaces los hombres de levantar una de aquellas maravillas. Heine le contestó: “ Querido Alfonso. En aquellos viejos tiempos los hombres tenían convicciones, nosotros, los hombres modernos, sólo tenemos opiniones; y hace falta más que opiniones para levantar una catedral gótica”.

Me quedo saboreando estas palabras para cerrar la entrada: mísero de mí, ay, infelice hombre moderno, desgajado de la convicción del espíritu, de la proeza voluntariosa de su representación, nulidad de la razón, aborrecimiento de la belleza, aspiración de la banalidad en las artes.

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José Ángel Valente es un poeta que alcanzó algunos prodigios con su verso: "Y todas las cosas para llegar a ser se miran
en el vacío espejo de su nada".


Pero estoy convencido de que Valente
no hubiera alcanzado jamás ni el vacío,
ni el discurso a un poeta futuro,
ni el eco de los sauces
en los espejos,
si no hubiera inflamado sus ansias
con los vértices del pensamiento.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Los cabellos de Dafne.

Toda la tarde en la música de estas palabras..."uitta coercebat positos sine lege capillos".

martes, 24 de marzo de 2009

Sed de espacio.

El regocijo es mayor en sus obras dispersas (la Biblioteca Castro está editando su Obra Completa), en sus anotaciones, en su Diario, en esa vertiente ensayística en la que parece despojarse de los amarres narrativos y sentirse más cómodo y versátil. Unamuno fue un pensador que indagó constantemente en temas muy diversos. Hoy, por ejemplo, intentando comprobar esta tesis, chata y pleonástica, he vuelto sobre un libro que compré en la librería de viejo, Trueque, situada en el Barrio de Santa Cruz, en Sevilla. De esa librería y de otras, hablaré en otro momento.
En Algunas consideraciones sobre la Literatura Hispanoamericana, Colección Austral, Espasa-Calpe, 1968, deja don Miguel buena cuenta de sus intereses como lector y de su posición como pensador de una España que bostezaba moribunda.. El libro está dividido en seis apartados que comienzan reflexionando sobre el patriotismo, la vida, la consecuencia, la sinceridad, pasa por la Literatura Hispanoamericana, la europeización y termina, nunca mejor dicho, en la tumba con Joaquín Costa.
En el apartado dedicado a la literatura ejecuta una reseña de un libro, "Carácter de la literatura del Perú independiente", de un autor peruano, joven por aquel entonces, llamado José de la Riva Agüero. No me atrevo a sentenciar nada sobre este autor y esta reseña, ya que Fernando Iwasaki conoce a la perfección los entresijos de estos peruanos (De la Riva Agüero, Ventura García Calderón, etc.). Le pediré que nos aclare, en alguna ocasión, esas truhanerías peruanas de principio de siglo, sobre esos parnasos apócrifos y florestas de poetas olvidados e inventados.
Sin embargo, en esos breviarios que versan sobre la vida y la consecuencia, la sinceridad y el patriotismo es donde se guardan las mejores líneas de este volumen. Están escritas con ese apego bíblico y agónico del salmantino: “Hay por debajo del mundo visible y ruidoso en que nos agitamos, por debajo del mundo de que se habla, otro mundo visible y silencioso en que reposamos, otro mundo de que no se habla”.
Sobre el secreto de la vida, Unamuno quiere aterrizar en esas tierras pantanosas y complejas en que luchan la materialidad y el espíritu. Deja Unamuno a un lado, es cierto, sus otrora pretensión agónica y nihilista; este texto está escrito en 1906, bien es verdad. Pero, ¿qué entiende Unamuno como “el secreto de la vida”? “El secreto de la vida humana, el general, el secreto raíz de que todos los demás brotan, es el ansia de más vida, es el furioso e insaciable anhelo de ser todo lo demás sin dejar de ser nosotros mismos, de adueñarnos del universo entero sin que el universo se adueñe de nosotros y nos absorba; es el deseo de ser otro sin dejar de ser yo, y seguir siendo yo siendo a la vez otro; es en una palabra el apetito de divinidad, el hambre de Dios”.
¿Pudo haber firmado estas líneas Andrés Hurtado? Entre otras perlas, éstas brillan por su íntimo apego a la producción literaria que sostuvo Miguel de Unamuno: un sueño en otro, la vida como un desfiladero de los que vienen a habitarnos. Después de leer este pasaje, agarré con bravura Niebla y leí en voz alta el capítulo XXXI, dejándome devorar por las ansias de ser otro, el escritor que crea, por las ganas de habitar en otro, el personaje enrabietado por su vida, que reclama a su demiurgo los días contados. “Sed de espacio y hambre de cielo…”, decía Rubén Darío; hambre de un misterio reservado a la vertical manera de vivir; sed de los albores del conocimiento, de ese desierto inhabitado y rotundo, como un grito en la nada, que contiene nuestra sombra, nuestro polvo, nuestra cadena al sueño de la vida.

lunes, 23 de marzo de 2009

Ciegas esperanzas.

Jean-Pierre Vernant, El universo, los dioses, los hombres, interpreta que el águila que se come cada amanecer el hígado de Prometeo es el rayo del propio Zeus. Por tanto, la luz es la que vuelve al ladrón del fuego para los hombres, luz en la luz, fuego en el fuego. ¿Qué es un poeta, el ladrón de un fuego que lo quema, un prometéico hacedor de palabras que crean la llama de la lucidez? ¿Es la poesía entendimiento, de qué physis?
Prometeo es un Titán y su posición ambigua, ni dios ni hombre, lo hace escapar del tiempo que rige sobre los hombres y los dioses. Ni el tiempo lineal ni la eternidad que sostiene al Olimpo. Prometeo es un círculo, mítico, recurrente, que se transparenta en la regeneración de su hígado, en la presencia circular del águila. ¿No es el poema el hígao que renace diariamente, en su lucha propia, en su misma forma?
Toda su actuación es una aspiración para los hombres: es su benefactor. Una temeridad para los dioses: es rebelde, independiente, astuto, incluso con el propio Zeus, con quien se alía en una ocasión y a quien se la juega en otra. ¿No es el poeta el contestatario del orden del mundo, el que , con el hechizo de la palabra, desa crear el mundo?

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La poesía es una traducción de la etiología, un paso inevitable que sustenta una de las piezas, la que se resguarda en las palabras. Los poetas etiológicos (entre muchos): Homero, Ovidio, Rilke o Juan Ramón Jiménez comprendieron de inmediato su posición intermedia en el mundo. Nada de abalorios y cisnes, de torres marfileñas, me refiero a la presumible esencia poética que se retuerce en la escritura.
Escribe Aristóteles en su Poética (Capítulo IX): “Lo universal consiste en plantearse a qué clase de hombres corresponde decir o realizar tales o cuales cosas en virtud de lo verosímil o lo necesario, un objetivo al que aspira la poesía a pesar de imponer nombres propios a sus personajes”. Medito sobre estas aserciones de Aristóteles mientras imagino el Cáucaso como un centro que imanta la posición del círculo. ¿Es más antiguo prometeo que Zeus? ¿Es, entonces, el dolor el símbolo de la humanidad, su condena?


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Toda la tarde a la vera de Prometeo encadenado, de Esquilo, sintiendo el calor volcánico de Hefesto, que lo trajo preso. Subrayé un pasaje creyendo que Borges habría hecho lo mismo. El pasaje en cuestión es una hipótesis que justifica el desamparo al que están sometidos los hombres, la maledicencia de un demiurgo que se equivocó con los humanos:
Prometeo. -Yo fui el atrevido que libré a los mortales de ser aniquilados y bajar al Hades. […]
Corifeo. - ¿Fuiste acaso aún más lejos?”
Prometeo. -Sí. Hice que los mortales dejaran de andar pensando en la muerte antes de tiempo.
Corifeo.- ¿Qué medicina hallaste para esa enfermedad?
Prometeo. – Puse en ellos ciegas esperanzas”.

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La vida, una ruina circular, caduca antes de su nacimiento, vertida en la ceguedad de la esperanza.

domingo, 22 de marzo de 2009

Nada hoy en escribir.

Hoy quiero escribir que no voy a escribir nada. Primer intento.
Hoy quiero escribir que no voy a escribir nada. Segundo intento.
Hoy quiero escribir que no voy a escribir nada. Tercer intento.
Negar en la escritura la escritura es una perversidad.
La perversidad mayor de la escritura es negarse.
Nulidad de la contención a la eyaculación gráfica.
La eyaculación gráfica, a fin de cuentas, dura extasis.
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No puedo dejar de afirmar que, después de escuchar un día entero música, sólo puedo componer un compás binario: como ninguna actividad, el arte esquematiza el progreso espiritual de la humanidad. Sus escuelas y tendencias sólo son traducciones de esa necesidad espiritual de la época.

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Hoy Córdoba era un campo de záfiros, la paz de las estrellas, el ojo de Polifemo envirotado y turbio, lastimero y llorón por la belleza de la imagen.

sábado, 21 de marzo de 2009

Las ilusiones perdidas.

La costumbre es sencilla. A media tarde, cuando el sol declina, buscamos un lugar para la charla. Preferimos el centro del pueblo, aunque en ocasiones nos acercamos al paseo marítimo. Junto a él, mi voz se encostra de salitre y se deja enmudecer.
Lo noto absorto e iracundo, con una mirada perdida que recorre los entresijos de la barra del bar en que estamos sentados. Plena Plaza del Cabildo. Sobre la mesa descansan dos vasos de manzanilla. Siempre quiso fijarse el Licenciado en las manos de quienes sujetan un vaso de vino: “Mira, ése viene del campo, ¿no notas sus manos encallecidas y negruzcas, sus uñas desgastadas y sus dedos acolchados? “Aquel otro trabaja en una oficina, tiene manos de mujer presumida; ése es panadero, los surcos de sus manos son de harina…”. Todo eso me lo decía embuchando su gorrión con una mueca cardenalicia y papal: parece un obispo del caldo andaluz, un demonio bautizado en la pila de Baco.
- Lo noto decaído, Licenciado.
- Alicaído, mejor dicho, ya que me siento un pájaro moribundo que ha perdido la virtud del vuelo.
-¿Por qué me dice esas cosas? Usted disfruta de su tiempo al completo, está jubilado desde hace años y tiene todo el día para leer plácidamente: estuvo en política, ha escrito libros, tiene una familia adorable, posee una biblioteca magnífica, ha recorrido medio mundo y goza de una salud de hierro.
- Mire joven, cuando tenía su edad, pensaba que la vida me estaría esperando siempre. Todo eso que me dice no es más que la punta de lanza de todas mis ilusiones, herrumbrosas lanzas. Las ilusiones perdidas, de Balzac.¡Qué carácter, qué soberbia! Me templé con el tiempo.
- Ya volvemos al tema de siempre, “la vida es muy corta…”.
-¡Pero no lo ve, joven! ¿Usted quiere escribir? Levántese ahora mismo y váyase a su casa a hacerlo. ¿Quiere viajar? Compre mañana su vuelo. ¿Quiere a un familiar? Llámelo y dígale cuánto siente lo sucedido, cuánto deseas sonreír de nuevo junto a él.
Al decir estas palabras, la Plaza enmudeció. Como si fuera a comenzar una ópera, su presencia parecía acallar el vuelo de las palomas y el revoltijo de la gente. El Licenciado ya estaba en la barra, con los vasos vacíos en la mano, pidiéndole otra ronda al camarero. Cuando volvió yo no me encontraba allí. Le dejé escrito en una servilleta: “Lo siento profesor, me voy a mi casa a escribir. Como comprenderá, no puede reprocharme nada…” Todavía me imagino la sonrisa que atravesaba la cara felina del Licenciado. No había cosa que le emocionara más que contemplar la realización de los sueños.

viernes, 20 de marzo de 2009

Quinteto en Si menor, Op. 115, de Brahms.

La obra de Brahms es un rosario intimista, una oración desdentada del espíritu. Como Stefan Zweig y Mauricio Wiethensal, percibo que cuando estoy imbuido en una obra de cámara del autor alemán, Brahms deja caer su mano sobre mi hombro. Ese gesto lo llevo sintiendo desde hace muchos años, porque yo comencé a escuchar música con obsesión desde hace décadas. Dedicaba al clarinete todas las horas de la tarde y, en muchas ocasiones, detenía los ensayos y conectaba el equipo de sonido de mi padre y escuchaba el Quinteto para clarinete en Si menor, Op. 115, del autor de marras. Pocas habilidades destacaría en mi vida, ninguna como la escucha precoz de tanta música. Mi educación sentimental estuvo pautada por la música clásica y eso es un alijo de sensaciones que le robé a la infancia y de la que me beneficio ahora que escudriño la soledad y el nihilismo, las palabras y la música, con la univocidad que los años ponen entre tus manos.
Esta tarde he vuelto a abrir el cedé de Brahms embargado por una emoción ahíta y recóndita, como un rumor oculto, de otros tiempos. El adagio de esta obra es una magnífica identificación de los míseros acordes de una tarde decrépita. Porque Brahms, como su carácter, imprimía a la música la profundidad de los contrarios, la secuencia aritmética del arco y la velocidad contenida de la recta, del staccato percutiendo en el mármol de su tumba, de la sentencia melódica y expresiva, ad libitum que un niño puede derramar por las arterias de su vida nonata.

jueves, 19 de marzo de 2009

Correspondencia 1943-1955, Theodor Adorno- Thomas Mann.Oráculo manual y el vino zoroástrico de Jayyam.

Lentamente y con demasiada cadencia, he ido leyendo Correspondencia 1943-1955, Thomas Mann y Theodor W. Adorno, publicada en Fondo de Cultura Económica. La intensidad de algunas misivas conforma una candente relación en torno a la cultura europea de entonces y a los profundos cambios que surgían en el ámbito de la música y de la literatura. Thomas Mann admite en más de una carta que le debe al señor Adorno el conocimiento de las últimas tendencias musicales de aquella época y que, gracias a estas conversaciones escritas, incorporó notables cambios en algunas de sus novelas, El elegido, Doctor Faustus, por ejemplo.
Realmente emotiva es una carta escrita el 3 de junio de 1950 por Adorno desde Frankfurt al Doctor Mann, que acababa de cumplir setenta y cinco años. La carta la firma un melancólico Teddie que deja ver toda su animadversión contra Spengler o Heidegger y, en todo caso, por la cultura alemana del momento.
En un pasaje de la carta, Adorno cita un libro de Nietzsche que el otro día traje a este Trópico, Humano, demasiado humano. De él extrae unas palabras que me han otorgado una carcajada muda, una satisfacción efervescente y caduca: “Los autores más ingeniosos producen una sonrisa apenas perceptible”.

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Con una sonrisa apenas perceptible, escribo sobre la música, mientras recuerdo el Tanhäusser qu escuché ayer absorto e imbuido en la potencia orquestal del concierto que se rertransmitía en directo desde Radio Nacional de España.
La felicidad es un tramo de la vida y no puede durar más que ella, ni tampoco ser eterna, ni mucho menos hospedarse en la esperanza. El seis de junio de 1955, con motivo del ochenta cumpleaños de Thomas Mann, le escribe Adorno: “Toda la felicidad del espíritu está sujeta a la duración de su vida”; nada más, un telegrama que roza la sentencia, el aforismo descarnado.
La relación de estos dos intelectuales europeos se produce cuando Thomas Mann lee un artículo titulado “Schönberg y el progreso” en una versión manuscrita de Adorno. Mann se encontraba escribiendo el capítulo séptimo de Doctor Faustus. El resto es leyenda.

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De los estantes, arrastro un libro de Gracián titulado Oráculo manual y arte de prudencia, con la intención de abrirlo por una página y encontrar alguna relación con los autores que acabo de citar. Este ejercicio, como el de ayer, cada vez me gusta más, porque siempre me encuentro con la misteriosa escritura que los une. Vincular los opuestos es la mejor manera de extraer alguna noción de la literatura: la literatura siempre está imantada por el contrario. En el amplio espectro –casi un abismo- que se obtiene de este juego, encuentro la mejor manera de narrar la nada, pero gracias al todo. Es decir, cuestiono si esposible escribir desde la nada cuando puedo hacerlo sobre todo. Así que ahora mismo voy a abrir una página: “Los sujetos eminentemente raros dependen de los siglos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos, aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno; y si este no es su siglo, muchos otros lo serán”. Sin embargo, no se revuelve en mí ninguna manera de atar estas palabras a las cartas de los intelectuales, más bien recuerdo unos versos de Omar Jayyam en Robaiyyat:
Cuanto existe está escrito desde la eternidad,
tantos bienes y males desgastaron la pluma.
Se dio en el primer día cuanto se fuera a dar;
vano será apenarnos, vano será esforzarnos.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Postrado en vertical.

Cada mañana, camino del trabajo, contemplo la luz que baña los campos que atravieso. Esa luz es la verticalidad de un sueño.
Hace tiempo que llevo pensando en la verticalidad como la dirección que determina el trazado de nuestras vidas. Verticalidad frente a horizontalidad, el arco y la lira, el espejo y el muro, la música y el caos, dionisíaco y apolíneo. La trayectoria vertical es una luz no usada, que se pierde de nuestra vista con premura. Desde su nacimiento es inaudita y su recorrido es una revelación continua, desde el inicio, para nosotros.
En la horizontalidad, por el contrario, sabemos del trazado aunque sea simplemente en sus comienzos. A veces el comienzo es una traición a los principios. Por todo esto, voy a buscar la verticalidad a partir de ahora en la literatura: una palabra que levite en la profundidad de mis manos.
Así interpreto las palabras de Pablo D´ors en Lecciones de ilusión cuando uno de sus personajes afirma: “Tal vez la locura no sea sino esto: equivocarse de època”. ¿Y no es la verticalidad un salirse de época en busca del continuo silvo de ese misterio que nos convoca? A todo esto recupero unas palabras de Walter Benjamin que he copiado hace unos días en un papel para que así quedase en una de las baldas de la biblioteca. Cada vez que paso ante ellas, no puedo más que glosar en silencio -a veces repitiéndolas en voz alta, cosa habitual en mí- cada una de sus sílabas: “La hora del nacimiento de una novela es la de la soledad de un hombre a quien urge hablar sobre los temas que le han perseguido en la vida”. ¿Qué es sino la soledad el rayo de luz de una verticalidad unívoca?
En una ocasión quise descifrar los misterios que me llevaban a resguardarme de lo que los hombres llaman la sana virtud de la sociabialidad. Cuando me di cuenta, era yo quien arrojaba la luz sobre mí mismo: yo era una proyección inútil.
La metafísica era la verticalidad para Fernando Pessoa, ahora que lo pienso. Incluso al releer algunas páginas de su Libro del desasosiego, he tenido un encuentro feliz: “Tengo por más mías ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso”. Aquí la verticalidad es el cáliz de la ficción: nunca un autor depositó como Pessoa su vida en el fuego de la ficción. Su vida, víscera horizontal, le sobraba, era innecesaria; sólo le valía el artificio vertical.
En los últimos tiempos, tengo en el descrédito a los que no dudan de su talento. Igualmente de los que creen poseer la verdad literaria y la pregonan, además, como un vendedor poseído por los vicios posmodernos que tanto me irritan, cada vez más. Es cierto que el artista debe ser paciente, pero si el punto de arranque es fallido, su fondeo de las posibilidades de la literatura será inválido, pasto de las llamas. Porque la literatura trata de las posibilidades del escribir literatura. Una posibilidad vertical...

martes, 17 de marzo de 2009

Un centón prosaico.

Los días están contados y esta tarde no tengo previsto nada, lo que suele decirse, nada. He pensado que voy a dejarme llevar por lo que surja, por lo que inesperadamente anude la nada y la desmienta disfrazándola, mal que bien, del fuego fatuo de la rutina.¿Qué hay tras ella, qué reviste?
Hoy no soy más que un velero, una pequeña barquita que fonda cerca de la orilla de sus libros, que se deja bambolear por el surgir de las olas: y las olas nunca predicen el absoluto. Contemplación. Misericordia de la conciencia cronológica, esa es nuestra ruina visitada, nuestro hospicio provinciano.
Ni siquiera he dejado sobre la mesa los libros que diariamente selecciono para que las tardes orilleen al son de la letra impresa. Ni un solo libro, sólo la imaginación y la esperanza de leerlos todos.
***
Como quiera que esta tarde es un centón incomprensible, aplico a la literatura esta disposición de la vida. Acabo de levantarme y me he situado enfrente de una parte de la biblioteca. Sin ningún criterio rescato de las baldas cuantos títulos crea inevitables para este juego. M, asustada, me impreca a abandonar esta nadería y me recrimina con una sonrisa en la boca. Mis andares, descompuestos, me llevan a la escritura. Voy a configurar un centón con los fragmentos de los libros que llevo en las manos, es decir, voy a escribir con los fragmentos en mi cabeza. Aleatoria selección, inapropiada, sólo estigma de mi nihilismo taciturno.
Bajo el hechizo de la intuición, esta es la nómina: Poesía, de san Juan de la Cruz; La memoria del logos, de Emilio Lledó; El ser y el tiempo, de Heidegger; Obras completas, de Wilde; Leyenda, de Juan Ramón Jiménez; Escritos a Lápiz, de Robert Walser y Memorabilia, de Juan Gil-Albert. Después de leer algunos pasajes de cada uno de los libros, he escrito lo siguiente:

“Algo me reclama constante, como una permanencia irresistible, como una necesidad: vivir. Mi vida no ha tenido nada que ver con lo que yo llamaba “la vida”, y que era la vida de los otros.
Los días transcurren unos tras otros y no sé si estoy seguro de mi talento. En mí tiemblan seguridades que descansan como putas encima de los cojines de mis incertidumbres. Las montañas, vista al sesgo, parecen frágiles porcelanas, escabeles; y yo mismo escribo aquí, como si fuera un mandado, una estalactita a punto de derretirse. Pero pienso en el silencio de estas cordilleras, que el artista es el creador de cosas bellas y que revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte. Por eso me cobijo en estos mis paseos, para deshacerme de mí mismo.
Un poco más tranquilo, me digo: ya el Tiempo se va poniendo más amarillo. La tarde tiene ya, corta y doliente, veredas de soledades.
Al llegar la noche clamo al cielo como un animalillo asustado: ¡Qué cerca está lo distante, en la noche azul y honda!; y voy al sueño poseído por la patente faríngea del abandono a la fruta mordida.
Al día siguiente, leo lo que anoté en mi libreta, pero lo hago cargado de incredulidad. Nada se muestra, siquiera un sentimiento pertenece a su ser; más bien, el ser es lo que menos puede ser nunca nada. Más bien lo que se oculta es lo que podría establecer este fenómeno que me habita y deshiela.
¿Qué felicidad?¿Qué encuentro me espera? La escritura es una aspiración ascética, que roza los límites de la soledad y la destroza, que surge del silencio y respira el silencio. Todo esto es fortuito, caigo en la evidencia. Como un diálogo de Platón que se enquista en la búsqueda hasta parirla. Detrás de cada hombre hay hechos o hay palabras. Y ¿qué se dicen las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silvo de los aires amorosos? Ya la espesura y el esmalte de los vientos anuncian el robo de la lumbre. Es hora de volver a mi paseo, de darle pábulo al silencio: llevo el fuego de los dioses entre mis manos.

lunes, 16 de marzo de 2009

Un poema de Julio Aumente.

El poeta Julio Aumente (Córdoba, 1921-Madrid 2006) fue el más joven del grupo de poetas de Cántico. Formó parte del Grupo desde el primer momento junto a Bernier, García Baena, Ricardo Molina, Mario López, Ginés Liébana y Ginés del Moral. En la primera etapa de Cántico, Aumente publicó tres poemas y en la segunda, ocho, entre los que se encuentra un poema titulado "Paseo marítimo".
No terminan de convencerme los prólogos que Luis de Antonio de Villena dedica en Visor a los poetas de Cántico. El de García Baena está, además, repleto de erratas y da la impresión de que fue ejecutado con todas las prisas del mundo, como si ya estuviese cobijado tiempo ha en un cajón, expectante para el momento. Algo parecido le ocurre al prólogo que dedica a la Poesía Completa de Julio Aumente: su visión privilegiada termina en prepotencia erudita.
Claro, luego viene la poesía y toda muda, se trastoca. Después de los sonetos barroquizantes y gongorinos de El Aire que no vuelve (1955), puede leer uno El Silencio (1958). Aunque cambiante, la poesía de Julio Aumente empieza a contener desde este libro los temas que le preocuparán siempre. Me detengo en este libro porque habla de la soledad y la desolación, temas que lo acercan a Cernuda y a Machado. Articula su poesía alrededor de la dicotomía cernudiana de la realidad y el deseo, de los ambages y límites que impiden fecundar la plenitud del deseo. El deseo es el único que permite aspirar a la plenitud.
Quiero destacar un poema titulado "Paseo marítimo", por su métrica, la adopción rítmica de los temas mencionados, por la sensibilidad exquisita y refinada de este poeta cordobés. Estas cuartetas asonantadas de versos heptasílabos, la isometría de sus versos, la independencia sintáctica, la asonancia de los pares, el matiz fónico del primer verso que hace que los acentos recaigan sobre la vocal a ( mar, está, lejano)... :

Un mar está lejano,
acaricia arrecifes.
Pez o rojo coral
en luz clara reviven.

Doras con tu presencia
el tibio, el puro, el cálido
dulce y húmedo viento.
En tu cuerpo descanso.

Tus ojos son el mar,
el mar eres tú mismo
-bronce aún débil-, un cielo
pesa en tus hombros, vivo

cuerpo amado. La arena
-luz que se entrega atodos-
sobre las piedras blancas
reverbera sus oros.

La luna en su menguante
roja se nos ofrece
como fruta lejana
que estrellas paladeen.

Tú estás allí y el mar.
Yo aquí frente a la tierra
con su forma tangible
que nos separa espesa.

Nos desune, gravita
lo sólido. Interpone
su densidad, distancia.
Nos va borrando nombres.

Oh, dulce amor, recuerdo
para siempre. Qué limpios
los que el aire me trae,
memoria sin olvido.

Viento de aquella mar
salado en nuestra sangre,
déjame en el presente.
Calla el alma. No sabe.

domingo, 15 de marzo de 2009

El oscuro fondo de la realidad entera.

Siempre que tengo que decir algo del Renacimiento en las clases –y digo decir, que no explicar- acudo a un par de libros que son inagotables en datos y sugerencias para acercarse, con buen pie, a ese periodo tan vasto y pluridisciplinar. Uno de ellos es Humanismo y Renacimiento en España, de Domingo Ynduráin (Cátedra), pero de este volumen hablaré otro día. El otro es al que quiero referirme hoy, al magistral La cultura del Renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt.
En alguna ocasión, algún compañero me ha avisado de su antigüedad y de su propuesta de tópicos que hoy han sido más o menos desvencijados. Pero a pesar de estas advertencias, creo que algunos libros, algunos manuales de referencia, guardan las líneas maestras por las que debemos encaminarnos para asimilar toda una época de la Historia. Algo parecido ocurre con Erasmo y España, de Marcel Bataillon (Francisco Rico lo considera la cumbre del hispanismo) o con Historia de Roma, de Theodor Mommsem o El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de Fernand Braudel o El otoño de la Edad Media, de Huizinga, entre tantos otros títulos que deben estar en la biblioteca de cualquier lector que se precie.
He leído esta vez el libro de Burckhardt -con el que comencé esta entrada- con la convicción de estar leyendo una novela, una narración intensa y extensa situada en la época de marras y por la que se sucede personajes de todas las esferas sociales. De repente, aparece el florentino Niccolò Niccoli y de él se advierte lo que sigue: “se reunía alrededor del anciano Cosimo Mèdici, agotó su fortuna comprando libros; y, finalmente, cuando no le quedaba nada, los Medici le abrieron sus propias arcas para que de ellas tomara la cantidad necesaria para sus fines. […]Prestaba sus libros con generosa libertad, permitiendo que la gente leyera lo que quisiera en su propia casa y conversando luego sobre lo leído”. En las páginas siguientes diserta Burckhardt sobre las bibliotecas de los Médicis y de Urbino, de bibliófilos como Guarino y Poggio y entonces el relato comienza a emocionarme como si estuviera en la cima de La Montaña Mágica visionando el mundo bajo mis pies, desde la cúspide de la locura. Y los recuerdos de Florencia se agolpan a ritmo de endecasílabos, la piedra inquieta de Florencia, la plaza de Michelangello dotándonos a los esectadores de sublime espectáculo de la caída del sol. ¡cayó el sol de la cultura en Europa?

***
Ayer, en la librería de Sanlúcar en la que compro libros –tengo una librería en cada ciudad a la que llego- me comenta el librero (antiguo compañero del Colegio):
- Acabo de recibir un libro de poesía, una antología.
A continuación, me la deja entre las manos como si fuera un niño pequeño y entonces se queda callado esperando mi sentencia.
- Me siento un juez, pero no puedo decirte nada en firme de este poeta, sólo que he leído a Pessoa en muchas de sus traducciones.
- ¿Entonces es buen poeta, lo puedo recomendar? – insiste.
- Espera que lea un poema del libro.
- …
Y comencé a recitarle un poema en voz alta. Los que allí estaban esperando con el periódico debajo del brazo se quedaron mirándonos aturdidos, sin entender qué escena era aquella en la que un señor llega a una librería, el librero le deja un libro y los dos comienzan a leerlo en voz alta. Un señor, entrado en años, que fumaba con parsimonia, asiente con la cabeza y nos mira con fijeza.
-Yo lo conocí –nos avisa el viejo.
Cuando Miguel y yo quisimos darnos cuenta era José Manuel Caballero Bonald, un amigo desde hace años de los dueños de la librería. Caballero Bonald me arranca el libro de las manos, busca entre los poemas de la antología como un beduino los misterios del desierto y comienza a recitar, con esa cadencia del poeta octogenario:

“Tal vez escribo
para que la belleza quiera un día
responder.
A una de las muchas
preguntas. Bien podría
a la que nunca le hice. Responder
de sí misma:
y ello sería justo.

Pero temo que acaso
se inviertan los papeles. ¿Qué diré,
entonces de mí mismo? ¿Cómo
justificar esta pasión,
tener que decir la verdad:
que lo que yo quería
era obligarla a ser mi paraíso?

*Antología poética (1949-1995), de Ángel Crespo, editada por José Francisco Ruiz Casanova, Madrid, Cátedra, 2009.

sábado, 14 de marzo de 2009

Un desierto político.

Como al santo Job, habría que desposeer a los políticos de este país de todos sus bienes, para que negasen la mayor: que son truhanes. Sí, creo que la justicia debe conseguir que todo lo que han ganado los políticos gracias a sus puestos de preferencia social, quede en su sitio, de donde fue extraído: en el pueblo, la ciudad, el museo pertinente. Por eso, como a Job, hay que llevar al límite la fe de estos politicastros de turno que nos tienen acostumbrados a sus usos y desvíos de lo cabalmente irreprochable, es decir, que han conseguido que en nuestro imaginario ciertas actuaciones de favor sean comunes.
La trama de espionaje que se está urdiendo en torno al PP es un ejemplo de ello, pero no es el único partido que ha sido protagonista de escándalos sociales de este calibre, del tamaño de utilizar fondos públicos en intereses privados. Decía que el PP no había sido el único partido que se ha adiestrado en estos usos; ya el PSOE dejó buena muestra de sus habilidades espiatorias y abusivas en los años de aquel felipismo desbordado. El partido Andalucista ahogó con paños calientes a ciertos pueblos imbuidos en el fervor nacionalista -Jerez, por ejemplo-.
El caso es más grave y no se restringe al hecho económico. Hace unos días, la propuesta de Educación de reforma del Bachillerato quedó rechazada por una sentencia del Tribunal Supremo que venía a poner freno a la locura y que, decía en claro, que ya está bien de tanto regalo a los alumnos que no están acostumbrados a ninguna mecánica del esfuerzo. Por otra parte, el Ministerio de Igualdad –creado ad hoc para Bibiana Aído- está levantando las tapas del debate moral del aborto jaleando una perspectiva, sesgada, que no termina de reflejar la realidad a la que se refiere. Creo que la ministra no sabe qué hay en la mollera de una joven de 16 años, ni siquiera cuáles son las costumbres, los hábitos, los intereses con los que completan sus vidas los jóvenes de esta España de charanga y pandereta, como dijo Antonio Machado.
De cualquier forma, el debate está abierto. Los ciudadanos deben tomar conciencia del poder de su voto a pesar de las rémoras implíctas en la democracia. El País Vasco ha dado un ejemplo de ello, poco a poco, la razón va tomando del cuello a la violencia. No dejemos que aborten nuestras ideas, nuestros juicios, porque nos animen a ello estos títeres de la política. Aprendamos de Job, su fe lo condujo a su verdad.

jueves, 12 de marzo de 2009

El Tiempo en tu boca.

[Diálogo a dos voces. Un Hombre y el Tiempo. Ellos sabrán]

-Tú, Tiempo, eres una evacuación de la existencia, un irse de uno mismo sin estar en uno mismo. - Tú, una mísera recaída en mi transcurso. Una lápida a mis quejas, un sepulcro para mis lágrimas.
-Tú, Tiempo, un mojón para mis recuerdos.
-Tú, una vocal perdida en un alfabeto interminable.
-Tú, Tiempo, eres Tiempo, una tautología.
- Tú, mi figura, mi acueducto, mi teatral manera de desarrollarme.
-Tú, Tiempo… te me acabas.
-Tú, un ilusionista que pensaste en mi existencia.
-Tú Tiempo, ya soy Tú.

***
En el primer Ciclo de los Discursos, en Job, Job maldice el día de su nacimiento. Para ello se encarga de dejar en claro que su vida ya no le pertenece ya que reniega de su nacimiento: “Después de esto, abrió Job la boca y maldijo su día. Tomó Job la palabra y dijo: ¡Perezca el día en que nací!
Y jamás había leído una renuncia a la vida tan bella, tan desposeída de verdad y tan cercana a la medida de los hombres. Borges, tal vez, dijo que Job era el parámetro en que se medían las virtudes y las miserias del ser humano. Después de este pronunciamiento, procura Job maldecir su día enumerando la llegada de las tinieblas y de la oscuridad a todos los elementos naturales de aquella jornada: "¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada la vida, a los que ansían la muerte que no llega?" Un alegato y una proclama existencial rotundos. Job, un hombre cabal. Sus palabras, habitantes del desierto.

***
Después de las palabras de Job me levo a la literatura las reflexiones que surgieron de su boca. Maldigo el día en que no escribo, por inerte y vacuo. Maldigo el día en que no leo, por deprimente y nihilista. Maldigo siempre la usurpación de la inteligencia por los poderes fatuos de este mundo y maldigo a los que me recuerdan, diariamente, que mi día debo olvidarlo para siempre.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Una nota sostenida.

Estoy leyendo un réquiem: la música de la cultura europea. Mauricio Wiesenthal, Libro de réquiems. De su mano, arropado por lo trémulos de su prosa, por las conspicuas agarraderas de la razón, me sienta en un café junto a Stefan Zweig. Y desde allí nos eleva a París, San Petersburgo, Estambul, Cádiz. Kirye Eleison, escribe en una nota Joseph Roth con la mirada atenta de Morand y me la pasa en una servilleta doblada junto a una sonrisa. Casanova, con los miemros tristes, mira la tarde con las dentelladas de sus retinas: pudo escapar de lo imposible. Me dice que su fuego es de otra época. Mozart sonríe a lo lejos, se aproxima con cadencia, con la sinuosa presencia de una sostenida por un clarinete ,digamos, en un réquiem. Lacrimosa.


***

La ñ, jaguar con un eco altivo.

martes, 10 de marzo de 2009

Bosquejo de letras, montaña de sombras.

Algunas sílabas parecen tener bicarbonato en sus axilas.

***
i, cíclope de medio pelo. j, Polifemo barbudo. y, delta de la suma. h, caballito de troya...

***
Soy un privilegiado. Estoy leyendo una obra literaria en secreto, que aún no ha sido lanzada al mundo, al resto de la sociedad. Sus letras me pertenecen; ya contemplo sus surcos en la nada. Y entonces agudizo mi sonrisa y la vuelvo a encerrar, como un despojo inútil y perverso. He visto a la criatura, he leído sus entrañas, las he sopesado en las entendederas, me han emocionado sus largos parlamentos. Y todavía me digo, ¿qué resta de ella en mi memoria? ¿Qué retal de nuestras almas acontecen ahora, en este instante en que creemos vivir?

***
Ayer dejé escrito que la vida se agotaba en la vida y que entonces todo eso, que llamamos recuerdo y memoria, se convierte en un fruto maduro. Nietzsche, en Humano, demasiado humano: “Por más que el hombre se ensanche cuanto quiera por sus conocimientos y parezca tan objetivo como quiera, al fin no recogerá más que su propia biografía”.

***
Para un escritor, la palabra biografía es el étimo de su alma.

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En las páginas finales del libro de Nietzsche, aparece un diálogo entre un viajero y una sombra. La sombra es el testigo de toda la filosfía que ha redactado el alemán en el transcurso del libro. Su único peregrino, acaso el propio pensador. La sombra se rebela a su dueño y el viajero reniega de ella hasta perderla cerca de una montaña.
Cuando Nietzsche deliraba en sus últimos días, dijo el nombre del dios Dioniosos en todas las formas posibles. Los nombre de Dionisos. Y creo ahora que esa sombra era su muerte pidiéndole auxilio. Nunca dejó de llamar al misterio, al báquico entresijo de su miseria, la sombra que nos sigue, las oscuras tragedias que nos acechan. Enviar nuestros oscuros misterios a la montaña es querer recibir, al menos, el eco de la verdad.

***
Ya la luz no quiere aproximarse a los hombres.

lunes, 9 de marzo de 2009

El fruto maduro de lo visible. Mnemosyne, de Mario Praz.

Para el escritor, la realidad es un fruto maduro. Un fruto cierto -como adjetiva Alarcos la obra de fray Luis- que se deja tomar con facilidad de su tronco, pero que tiene agotada la vida. La vida agotada de vida. En ese ángulo muerto, del salón, debe surgir la múscia que despierte las palabras y las posicione hasta crear literatura. Entonces el fruto visible se hace invisible, entonces el arte se ha apoderado de tu vida.

***
*Pintura de Salvator Rosa, XVII.
Del libro de Mario Praz sale uno sobrecogido, de tanta erudición, y excitado. Pareciera que se ha terminado un paseo por un extenso museo natural, una exposición de palabras y pinturas, con música al fondo, mientras alguien recupera para nuestro entendimiento los vínculos entre las artes desde la época moderna.
Mnemosyne, de Mario Praz, es un compendio de relaciones y de paralelismos que han mantenido la literatura y las artes visuales. No deja sin referencias al mundo de la música y, en buena medida, Stravinsky, Beethoven, Mozart o Bach hacen acto de presencia entre estas páginas que salpican las virtudes del óleo hecho palabra.
Son muchas la páginas que pueden subrayarse, sin embargo, me voy a limitar a señalar los acertados apuntes que nos ofrece Praz al inicio del libro y al final, cuando hace referencias a la invención del paisaje Romántico.
Se habla de James Thompson como el fundador del paisaje romántico, pero Praz señala que los cuadros de Claude Lorrain (ilustración a continuación) o de Salvador Rosa, en el XVII, fueron las fuentes de inspiración para el escritor.
Toda la pintura del XIX se analiza en referencia a la literatura del XIX; los paralelismos entre las obras de Flaubert, Stendhal o Victor Hugo son estudiados teniendo muy cerca la creación pictórica. Es cierto, por otra parte, que Praz parte de las teorías literarias de Wellek y Warren, Teoría de la Literatura, en las que se afirma que cada una de las diferentes artes posee su propia evolución, caracterizado por un ritmo y una estructura interna que le son propios. De esta manera, la evolución de las artes sería un todo en que cada disciplina es un eslabón, una forma autónoma integrada en un sistema global y artístico que desarrolla el “espíritu de una época”.
Son deliciosas las páginas vertidas sobre la poesía de Eliot, de la narrativa de Joyce o de la pintura de Picasso; los vínculos entre Kafka y Brecht con Stravinsky y Mondrian, etc.
Quiero terminar esta pequeña estampa indicando la vinculación entre Paul Klee y Rainer Maria Rilke. Parece ser que Rilke encontró en la pintura de Klee una solución al problema que lo carcomía en sus adentros, necesitaba relacionar los sentidos y el espíritu, lo externo y lo interno. Las Elegías del Duino poseen la fuerza simbólica de las pinceladas de Klee quien, no en vano, sirvió de ejemplo para que lo simbólico no se estableciera con los elementos de la realidad, sino como un mensaje cifrado, propio, creado ad hoc. Praz pone el ejemplo de las estrellas en la Décima elegía como un paralelismo entre el pintor y el poeta y cita una carta de Rilke, dedicada a Sophy Giauque y escrita en referencia a la poesía japonesa: “Le visible est pris d´une main sûre, il est cueilli comme un fruti mûr, mais il ne pèse point, car à peine posé, il se voit forcé de signifier l´invisible”. [Se toma lo visible con mano firme, se lo coge como un fruto maduro, pero su peso es nulo, porque apenas colocado se lo obliga a significar lo invisible”.]

domingo, 8 de marzo de 2009

De la sed al pozo.

A lo mejor, la persona religiosa siente que su vida sólo recorre el itinerario que se le ha trazado. Así no hay cabida para la aventura, la excitación, lo imprevisto, la búsqueda de las fronteras sentimentales, los equívocos, las contradicciones, las usurpaciones a las lágrimas, la sonrisa maléfica y la conciencia inestable que, por otra parte, conforman la vida.
Si las hay, quedan restringidas a un terreno concertado: fuera de ahí, de ese espacio, todo queda invalidado o es materia de aflicción. Por lo tanto, la vida religiosa, entendida en sentido amplio, es una restricción del espíritu.
Saint-Exupéry dejó escrito: “Si libero a un hombre que no siente nada, ¿qué significa su libertad? Sólo se siente libre quien va a alguna parte. Liberar a un hombre será enseñarle la sed y trazar un camino hacia un pozo”. Se le olvidaba a Saint-Exupéry que en el camino al pozo, a pesar de estar indicado con detalle su lugar, el hombre puede equivocarse y que, en ese equívoco, en ese extravío, en ese desvío del itinerario puede que se encuentre con alguien distinto a él pero que es él mismo.
Los sabios de la antigüedad basaban sus enseñanzas no en circuitos de conocimientos cerrados, sino en la indicación del comienzo del circuito. El tránsito por ese camino, que es la vida, debe hacerse en libertad, sin reprimendas ni artificios vacuos con procesiones del espíritu que se le aparecen a los transeúntes como trampantojos que asustan y atemorizan intencionadamente.
Para Heráclito la vida es una vigilia continua, un estarse despierto: “…para los que están despiertos, el orden del mundo es uno y común, mientras que cada uno de los que duermen se vuelve hacia uno propio…”. Los que duermen son los que creen confirmado su camino, el recorrido que les ha venido dado. Estar en vigilia es el principio de conocimiento del mundo, que es ancho y ajeno, que no conoce trucos ni escarceos, que no posee atajos a la eternidad que sólo viene jalonado por su voluntad y deseo. El verbo querer es la rutina de la ética.

sábado, 7 de marzo de 2009

La primavera del patriarca.

Los escritores hispanoamericanos de la novela de la dictadura demostraron que el tiempo que le corresponde a una dictadura es circular y mítico, un anillo en que se repiten los actos siempre en la misma dirección. En todas estas novelas -Yo, el Supremo, de Roa Bastos, El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes y El otoño del patriarca, de García Márquez, a las que sumamos La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, y otras más recientes- se le a tribuye al dictador, al tiranuelo, la capacidad de destrucción del mundo que le rodea en pos de salvaguardar su propia permanencia en el poder. Es lo que le ocurre a Cara de ángel, en El Señor Presidente, por ejemplo.
En Cuba, la pérdida de las libertades se precipitó allá por los inicios de los años sesenta. Y fue el caso Padilla, el caso de un poeta que tuvo que redimirse de su escritura, el que detonó que la mayoría de los intelectuales que había apoyado a la revolución cubana, dejara de hacerlo a través de un manifiesto. El poeta Padilla fue acusado de antirrevolucionario y por ello tuvo que negarse públicamente y, además, imputar a otros compañeros escritores. En otras palabras, tuvo que cargar con una culpa que no le correspondía para lavarle la cara a la revolución.
Hace unos años tuve la oportunidad de viajar a Cuba. El viaje fue mágico, bien es verdad. Pero la actuación del totalitarismo se dejaba notar en la miseria flotante que se cría en Cuba. Por esas fechas, había un grupo de nuevos políticos que estaban logrando la simpatía de Fidel Castro y del partido, y sus caras aparecían en la mayoría de los carteles propagandistas que recorren carreteras y caminos, calles y plazas.
Esta semana, esos mismos que habían sido el nuevo aliento de la Revolución y que estaban ocupando cargos muy importantes en el “gobierno” cubano han dejado de pertenecer al mismo, porque ahora son considerados peligrosos. Felipe Pérez Roque, ex ministro de Exteriores del gobierno cubano y Carlos Lage Dávila, exsecretario del Consejo de ministros, han escrito al diario Granma una carta admitiendo sus errores y responsabilidades después de que Raúl Castro los destituyera. El propio tirano moribundo los llamó “indigno” y “ambiciosos”. Una decena de ministros han sido cesados de sus cargos por Raúl Castro en las últimas semanas a favor de militares. La dictadura tiene patas de humo; Padilla sobrevuela en estas actuaciones. Mientras todo esto ocurre, el mundo calla. Yo denuncio y así lo hago saber. La libertad siempre.

viernes, 6 de marzo de 2009

La baraja mojada en La mer.

La nociones con las que nos manejamos son tan toscas como un peñasco encima de una nuez. Esa fuerza que ejercita la gravedad sobre las rocas y las piedras, es la misma que la neblina que se cierne sobre nuestro entendimiento. ¡Qué necios fuimos desde el comienzo! Dovstoievsky dijo en una ocasión, “entre Cristo y la verdad, yo elegiría a Cristo”. En puridad, estaba eligiendo a los hombres por encima de la verdad, a cualquier hombre. Seríamos fanáticos si quisiéramos elevar a verdad las virtudes de la literatura.
Recuerdo otras afirmaciones de Fiodor cuando se refería a los hombres. "Vivir entre los hombres y no desfallecer, ése es el sentido de la vida”.
Mientras, suena La mer, de Claude Debussy. Llevaba años sin escuchar a Debussy con detenimiento. Y ahora me he encontrado, de la mano de un hombre, gracias Claude, con los efectos de la consumación de la verdad y de su muerte.

***
Paul Valéry predica de la siguiente manera su noción del Tiempo: “Lo que llamamos Tiempo es una noción tan tosca y confusa como lo era la de fuerza antes de la dinámica”. Cuándo llegará la dinámica a la verdad es tarea imposible. Sólo a medio camino, en el desvelamiento de las intuiciones, se encuentra lo indecible. A todo esto debemos sumar, por lo tanto, que nos encontramos en ese estado en que confundimos la sensibilidad, la emoción y los deseos como un trinitaria conjunción de ungüentos para el alma. Mientras, suena La Mer, de Debussy, y ya el horizonte es acuático y pleno, oh mar, parece que luchas entre mis manos.

***
Oh, qué intensa y gozosa emoción debió embargar a Robert Walser en sus paseos o escribiendo: “oh, qué intensa y hermosa emoción debió de embargar a Mozart mientras improvisaba al piano durante su visita a la corte de París".
Escribo estas líneas, las repito con variaciones y caigo en la cuenta de que mi caligrafía se hace cada vez más pequeña; que la palabra escribiendo casi es ilegible, un punto esa o, la aspiración a ser un micrograma.
Mencionaré un jardín y un juego de cartas. Un jardín en que los bancos están dispuestos de forma simétrica, dibujando en la arena que los sostiene pequeños círculos que parecen invitar a una conversación milenaria. Encima de la mesa, una baraja de cartas. Y se viene a mi mollera un verso de Cernuda, en que se identifica con una carta que ha perdido su baraja. Y en esas estoy yo, en ese sitio que no sé dónde se encuentra. Sólo atisbo un jardín concéntrico, repleto de sillas y de flores, jardines bien moldeados. Y una baraja de cartas que me incita a comenzar la partida. Quizás la partida comenzó y la perdí hace tiempo. Será mejor que baraje de nuevo y escoja otro palo. O simplemente nunca levante la que se acaba de caer de la baraja al suelo. La dejaré bocabajo, como un enigma, como un paseo que no conduce a ningún sitio.
Mientras, La Mer, de Debussy, ya ha trazado el infinito, ya cesa la lucha entre mis manos.

jueves, 5 de marzo de 2009

Mundo lento.


¿Qué ocurre si eso no le pertenece sólo a la literatura?

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Escapaste del naufragio para terminar en un museo, Museo de la novela de la eterna. Y, sinceramente, cuando Macedonio escribió “Es indudable que las cosas no comienzan cuando se las inventa”, estaba definiendo la literatura.



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Los escritores jóvenes piensan que por jóvenes son nuevos y (pos) modernos, originales y revulsivos. Por esa regla de tres había que dejar de escribir… ¿a qué edad? ¡Viva Rimbaud!


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Retirarse del mundo y abandonarlo. Darlo por muerto, difunto. Clasificarlo entre las especies disecadas como: “Lugar del hombre que soñó con un dios. El dios no existía. Pura demostración de obcecada literatura”.
Su tratamiento es el del “mundo lento”. Dejarlo reposar junto a un verso para que jamás pueda despertarse. En todo caso, hay que manipularle las manillas de su relojero, el que ordena su tiempo. Retrasarlo hasta otros días más fructíferos. En cualquier caso, no vendría mal dejar un verso debajo del frasco. “Sé que allá corre el mundo asaz ligero”, de Francisco de Medrano. Luego hay que echarse a dormir y habitarlo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Un encuentro en el camino.

La clase en silencio. Un joven levanta la mano. Cargado de timidez, la mirada gacha lo delata. Prefiere acercarse a mi mesa (eso lo percibo en su lentitud y en la mirada que lanza a su alrededor para sacudir su conciencia). Se acerca y me dice con tono preocupado, “¿Por qué el Mochuelo, al final del libro, dice –y empieza a leer en voz alta el subrayado-: “cuando la vida le agarra a uno sobra todo poder de decisión”?

Sé que está ansioso de que le pregunte algo. Por eso no deja de mirarme y casi de incitarme a que levante la mano y realice una pregunta. Esta vez no. La clase lee en silencio y siempre soy yo el que salta con sus interrogantes. Así que esta vez no me parece apropiado que sea yo el que comience el debate, esta vez no. Esperaré a que otro lo haga. Sin embargo, ahora que he terminado de leer el libro, tengo una pregunta de verdad, es decir, no una pregunta para mostrar mi interés en público, sino una pregunta de la que necesito una respuesta.

Hoy piensa demasiado a pesar de que se ha terminado el libro. Lleva un buen rato mascullando unas palabras con mucha lentitud, así lo demuestra el movimiento de sus labios, ¿estará ensayando su pregunta? De todas maneras, todavía queda más de la mitad de la clase y en ese tiempo estoy seguro de que lo volverá a hacer.

Acabo de preguntarle al profesor qué le parecen unas palabras del Mochuelo al final del libro de lectura que estamos trabajando, El Camino, de un tal Miguel Delibes. Esas palabras me han preocupado, ya que la vida jamás me había parecido un lugar de restricciones, más bien siempre quise entenderla como el lugar de la manifestación de la libertad. ¿Por qué el Mochuelo termina concediéndole a la vida su vida? ¿No prefería quedarse en el pueblo, junto a la Uca-uca, su padre, don José, el boñiga, cerca del cuerpo muerto y del tordo que guarda el tiñoso etc.? ¿Por qué debe irse de donde estaba a gusto? No entiendo esa obsesión del padre por querer que su hijo estudie. Yo, al final de la novela, cosa rara, la verdad, he llegado a llorar alguna lagrimilla, sobre todo en la despedida. Pero esto no se lo puedo decir al profesor, pensaría que soy muy blando y que sólo se trata de literatura.

Seguro que lloró que al final, su pregunta lo ha delatado. Ha vuelto con la misma virtud de siempre, de ser un lector virguero, que sabe situar la obra con pocas palabras. Puede usted sentarse, le digo con voz queda. Tiene usted la máxima calificación.

Acaba de decirme que tengo la máxima calificación, pero no me ha dado una respuesta a mi pregunta. Su actitud es insobornable, como el vuelo de un milano. En realidad es un sentimental, seguro que lloró cuando leyó el libro de joven. Pero, ¿qué opina usted sobre esas líneas?

Al recordar el final de El camino, no he querido delatar mi debilidad. Me he guardado la lágrima del Mochuelo en lo más profundo y se la he regalado a este joven para siempre. Ese joven soy yo mismo, ese joven soy yo mismo.

martes, 3 de marzo de 2009

I express my not-self.

Algo parecido ocurre cuando leemos un libro de Ricardo Piglia: nos encontramos con una revelación. Prisión perpetua, estructurada en dos relatos, "Prisión Perpetua" y "Encuentro en Saint-Nazart", consigue, al igual que Formas Breves, Respiración Artificial o El último lector, que la literatura siga consistiendo en el mágico discurrir de lo inesperado. Confirma, además, mi condescendencia con este autor argentino al que considero -al menos de los libros que he leído- uno de los autores que mejor prosigue el avance de la literatura hispanoamericana de los últimos años junto a Pitol, por ejemplo. Perdónenme los detectives salvajes, pero la aglutinación de la mejor literatura europea (novela policíaca, Kakfa, Musil, Joyce, Poe, Borges, Nabokov, etc.) y de la tradición argentina es obra de Piglia.
Las narraciones de Piglia son historias cargadas de deudas, como todas las historias verdaderas. Los personajes que habitan estas ficciones: Steve Ratliff, Morán, Pauline O´Connors pasean de un modo narrativo a otro como presencias fantasmales. Porque en los dos relatos, se utiliza la mezcla de diversos géneros como el diario, la narración pura, la entrada de diccionarios, el ensayo, la autobiografía, el cuento fantástico o el cuento policial. Todo ello sazonado con una prosa aséptica, que predica la teoría del iceberg de Hemingway con toda efectividad.
Para Piglia, la literatura es una forma privada de la utopía. A pesar de esa consigna, que mueve buena parte de las narraciones, esgrime Piglia la idea de que la construcción de la vida está dominada por los hechos y no por las convicciones. Esta consigna es una obsesión para Steve, aprende a vivir en el apartado transitivo de la vida a paesar de saberse perpetuado en la prisión de sus hechos.
Igualmente se desarrolla la crítica literaria bajo afirmaciones de este tipo: “los escritores no deben hablar de literatura para no quitarles el trabajo a los críticos y a los profesores”. El propio protagonista escribe un Diario (trasunto del diario del propio Piglia) desde su juventud en el que trata de escribir su vida para rechazarla. La teoría va más allá en ocasiones y llega a invadir la narratología: “La novela moderna es una novela carcelaria. Narra el fin de la experiencia. Y cuando no hay experiencias el relato avanza hacia la perfección paranoica. El vacío se cubre con el tejido persecutorio de las conexiones perfectas, la estructurada cerrada, la most juste”. O aclaraciones como: “Una historia que el narrador no comprende. Ésa es la lección de Henry James”.
James, que prácticó para la posteridad el juego de narradores y enfoques, hace de padrino para Piglia en su narración. Los intercambios de voces narrativas, el cruce del estilo directo con el indirecto, el cambio de perspectivas son el muestrario jamesiano de la literatura practicada por el argentino. Pero Piglia suma a todos esos efectos narrativos el condimento de lo fantástico y de la extraordinaria capacidad de lo cotidiano para convertirse en absurdo. Piglia quiere confundir el recuerdo con la realidad, otorgarle a la literatura las propiedades de la nitidez que posee el presente para trasvasarlas al pasado. De modo que la lectura de este libro queda al final desdibujada en la memoria: es un pasaje de agua, pero con las ondas calvadas de la ficción.
En Prisión Perpetua asistimos a un juego de espejos en que cada reflejo es independiete por sí mismo: una microficción que se perpetúa en la narración al completo. Por eso la elipsis es fundamental y un recurso muy bien llevado: “Un narrador, dice el Pájaro, debe ser fiel al estado de un tema. Busca sorprender en un espejo los reflejos de una escena que sucede en otro lado”.
Quiero cerrar estas líneas haciendo una referencia a la experiencia y a su trato en esta novela. Piglia conoce la tradición filósofica y lingüística tal y como lo ha demostrado en sus libros. Muchos de ellos reflejan sus lecturas de teoría de la literatura y el conocimiento de los formalistas rusos, Foucault o Roland Barthes. En éste, el término experiencia adquiere un significado y una indagación singulares. Para Piglia la experiencia no supone aprendizaje alguno. En sus palabras: “La experiencia tiene una estructura compleja, opuesta en todo a la posible forma de la verdad. ¿No se aprende nada de la experiencia! Sólo se puede conocer lo que aún nno se ha vivido”. Este axioma, que coinciden con el final del primero de los relatos, es lo que construye Piglia con su literatura, es su convicción dadora de ficción. Su literatura es acercamiento a la verdad literaria porque se aleja de la experiencia narrativa. Por eso comencé afirmando que la literatura de Piglia es revelación, tanta como la perpetua prisión que se expande sin límites a pesar de su finitud y que se llama vida.

lunes, 2 de marzo de 2009

Flamenco Sketches.

Parece que M. se ha mimetizado con la música que escucha desde hace unos días y que ha terminado por sentirse, ella misma, un tema que se repite con variaciones a lo largo de Kind of Blue, de Miles Davis. Escucho a lo lejos la música y entonces me la imagino sonriendo; una sonrisa que percute en la batería y que se introduce entre las bombas de la trompeta del gran Davis, ¡oh!, del sonido. Todo esto me conduce a recordar el estilo de Thomas Bernhard. Sus libros son hipnóticos y toda vez que se adquiere el preciso conocimiento de su lenguaje musical, de su cadencia, asoma la luz del prodigio. Con Thomas cedo la incursión de la imaginación ante abismo que me persigue: Thomas Mann, Javier Marías o Joseph Conrad de la mano de Nabokov. Todos sonríen mientras Flamenco Sketches los va perfilando entre la bruma de sus libros. Cabrera Infante, el mismo Quevedo, Alejo Carpentier, Joyce; se suma vestido de monja, asorjuanado, Octavio Paz, y pasean desvestidos, amparados por sus cueros, mientras trazan con su verbo la música de la literatura en un banquete de cicuta y frutas sagradas. Todos se asemejaban a la imagen de Alcibíades, en El Banquete o del amor, de Platón, en que de repente llega Alcibíades medio borracho, con la cabeza coronada de hiedra y violetas, acompañado de tocadoras de flauta y de un grupo de amigos embriagados. Todos aman lo que es inmortal.
El lenguaje musical comparte con la lengua la disposición espacial, pero su aprehensión es distinta. La lengua necesita del espacio para hacerse comprender, es el idioma de los mortales; la música crea el espacio, un tiempo diseñado por la absoluta certeza de la idea más cercana al grito primitivo. La música es el lenguaje de lo inmortal.
Flamenco Sketches -la prodigiosa pista del Kind of Blue, de Miles Davis-. M. me insiste en que el tema cobija un homenaje al flamenco, escúchalo, me dice susurrando. A todo esto respondo sentándome mansamente y escuchando con parsimonia. Mientras tanto, alternate take, pienso el cielo en verde, Blue in green. Cuando preveo que va a terminar la pista, aparece Julio Cortázar de la mano de Miles. Lleva los Diálogos de Platón en la mano. Se sientan a mi lado, yo ya estoy borracho. Y comienza a leerme lo siguiente: “si alguna cosa da valor a esta vida es la contemplación de la belleza absoluta; y si llegas a contemplarla…”, sus voces, el silencio, sus voces, el silencio, la trompeta renqueante, la vuelta circular a la materia, el sonido que se pierde en la llanura, sus voces, ay, el silencio, ay, el sonido que se muere.

domingo, 1 de marzo de 2009

La contemplación activa. Discursos de tinta y sal.

Hay una anécdota en la vida de Tales de Mileto que siempre la utilizo para explicarles a los alumnos qué es pensar, qué es la filosofía, como si yo tuviera la clarividencia en mis palabras. Iluso profesorzuelo.
Se ha narrado de muchas maneras, dependiendo de la fuente en la que se lea. En este caso, no he encontrado todavía un libro más literario, maravilloso y chascarillero que Vidas de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio. Diógenes Laercio cuenta la anécdota de Tales, entre otras muchas, de la siguiente manera: “Se dice que salía de su casa acompañado por una vieja para contemplar las estrellas y cayó en un pozo. Cuando se lamentaba, la vieja le dijo: “Y tú, Tales, que no puedes ver lo que tienes ante tus pies, ¿crees que vas a conocer las cosas del cielo?”. A partir de este hecho voy trenzando los argumentos pertinentes y las situaciones que mejor vengan al caso. Cuando el diálogo comienza a tomar forma (cosa que casi nunca ocurre) introduzco la otra anécdota que acordona muy bien mis pretensiones. Resulta que a Tales, según Diógenes Laercio -y eso hay que tomarlo con reticencias-, se le atribuye la compra de talleres de aceite, con lo ganó mucho dinero. Evidentemente, Tales observó el comportamiento del sol, de los solsticios, de las estrellas, de las tierras, del agua. Quiso establecer leyes para ese mundo que venía del mito y que aspiraba al logos. Algo parcedio con el horizonte mitológico que me encuentro cada mañana: un universo de entelequias con nombres y apellidos. Es mi tarea construir un abismo desde donde se asomen.

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El libro de Unamuno, Cómo se hace una novela, está concentrado en las páginas finales. Al final del mismo, en una nota del jueves 30 de junio de 1927, escribe desde Hendaya: “Contar la vida, ¿no es acaso un modo, y tal vez el más profundo, de vivirla? […] ¿Cuándo se acabará esa contraposición entre acción y contemplación? ¿Cuándo se acabará de comprender que la acción es contemplativa y la contemplación es activa?”. ¡Qué palabras más sabias estas de Unamuno!
La vida en acción, aquí, en estas letras. La tremebunda sencillez de lo vivido a ras de la ficción. Decidme del alma, ¿quiénes han transitado por la ultratumba del ser más que los filósofos, escritores y artistas varios? ¿Quiénes si no? No hay mayor envergadura moral que discernir entre quienes han levantado lo que somos y quienes se obcecan en diluir en nada lo que somos. El sujeto moderno nació en la soledad. Los escritores escriben los libros en soledad y solos quedan hasta siempre. Es indecible el abismo que recorre la creación de un artista y el momento en que un receptor llega a ella.

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Mi compañero Iván dejó hace poco en su bitácora unas hermosas palabras sobre unos gorriones. Estuvimos comentando de pasada la conexión con algún poeta que nos entusiasma a los dos. Le estuve refiriendo los versos que vinculaban su reflexión con el magno poema de marras. Incluso ahora se me ocurre que su estampa podría pertenecer al libro de Jules Renard, Historias naturales. Sin embargo, hoy he leído un poema de Jorge Guillén, perteneciente al ciclo de Homenaje, que me gustaría dejarlo aquí para que la escritura converse por sí misma.

AL MARGEN DEL GÉNESIS
ANTES DEL ALBA
Y multiplíquense las aves sobre la tierra. I, 22.
Conozco una avecilla que enmudece
Por su fatal costumbre antes del alba.

No se ha insinuado un rayo todavía.
Jamás se encontrarán cantar y luz.

Aquel sonido límpido anuncia
La claridad que irrumpe con júbilo,

Y aislado entre las hojas se mantiene
Sin presentir el acontecimiento.

Pájaros, ignorantes de sus dioses,
Cantan junto a nosotros, ignorantes.